Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Comentario - Eucaristía del
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Cuando alguno nos ama verdaderamente y nos habla llamándonos por nuestro nombre, descubrimos que no estamos solos. La victoria sobre la soledad genera la alegría, y vivir se transforma en una fiesta.

El reino de Dios es comunión, por esto que su venida inaugura un tiempo de alegría, es una fiesta que no tiene fin porque es definitiva. Es la fiesta a la cual están invitados todos los hombres. Es la fiesta de la humanidad redimida.

La verdad de la comunión nos invita a estar juntos en torno a una mesa, en la alegría de una cena, en la abundancia de un banquete. La alegría del estar juntos nos conduce a una comida común, a compartir aquello que somos. El reino es simbolizado por un banquete, un lugar de encuentro y de comunión. Se nos ofrece, estamos invitados, pero debemos ir. Es un don gratuito, pero debe ser acogido con entusiasmo y alegría de corazón.

El pueblo de Israel creía, por su historia y por su pasado, ser privilegiado y de poder gozar incondicionalmente de la invitación a este banquete. El profeta que lee en profundidad los acontecimientos reconoce que este privilegio no es ni incondicional ni exclusivo. Los hombres están frente a Dios como una única y sola humanidad. Al encuentro con Él no está excluido ningún pueblo, ningún hombre, todos son hermanos. El privilegio de Israel tenía este significado: proclamar a todos los hombres que no es la unidad de origen la que funda la igualdad entre los hombres, no es la pertenencia a una raza o a una clase que justifica una riqueza o una libertad. Todos los hombres deben tener la misma posibilidad, porque todos tienen la misma meta: encontrarse con el Padre y contemplar su gloria. Todos debemos llegar al reino, entrar a la casa del Padre, sentarnos a la mesa. Todos nos movemos hacia un mismo futuro, hacia una misma tierra prometida, hay una sola meta y también una sola puerta.

La selección en la puerta del banquete no consistirá en la separación de israelitas de paganos, sino en la elección de aquellos que han respondido, o dado respuesta a la invitación y de todos aquellos que hayan practicado la justicia y el amor.

Jesús, con su resurrección, es el primero que ha entrado en el banquete, él está sentado a la mesa y nos espera. Cristo, en su muerte y resurrección, nos ha mostrado que la entrada en el Reino no es un privilegio, es una invitación para todos. Pero la muerte es el modo con el cual Jesús ha entrado en el Reino, es la puerta estrecha. Solamente el que haya dado su vida como Jesús, podrá entrar en la sala y sentarse al banquete. La invitación a este banquete tiene para todos una sola respuesta: dar la vida como lo hizo Cristo.


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