Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Comentario - Eucaristía del
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En la nueva Jerusalén no existe el templo, porque el Señor y el cordero son su templo. Se habla del mundo nuevo como ya presente en la Iglesia terrena, pero que se realizará en plenitud en la Iglesia del cielo. Es por eso que en este tiempo de la Pascua nuestra mirada tiene que estar presente en las cosas de esta tierra, pero con el corazón en las cosas del cielo. La Iglesia, como signo de lo que serán las realidades futuras, siempre está asistida por la acción del Espíritu Santo.

La primera lectura nos muestra cómo en los primeros tiempos, cuando existía alguna dificultad o diferencia, eran los Apóstoles, en Jerusalén, con el auxilio del Espíritu Santo, quienes discernían el camino a seguir de la Iglesia. La acción del Espíritu Santo, prometido y derramado por el Señor Jesucristo, es la que va revelando la voluntad del Padre. Es la acción de este Espíritu quien lo enseña todo y quien nos recuerda todo lo que Jesucristo nos ha dicho.

El texto del Evangelio de este domingo nos viene a recordar el tema de la comunión. La palabra de Cristo es la Palabra del Padre, y esa palabra nos la recuerda en el tiempo el Espíritu. El que ama a Jesús, ama su palabra, y el Padre lo amará.

Jesús no solamente promete el Espíritu, sino que también su venida y la del Padre a habitar entre los discípulos. Se realiza así la verdadera presencia de Dios entre los hombres y la posibilidad, por ello, de acceder a Dios.

Esta comunión con Dios es la que hace posible, también, la comunión plena con los hermanos y el desafío de la Iglesia con respecto al mundo: “el mundo es para nosotros una invitación y un desafío: el de ‘continuar, bajo la conducción del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Juan 18, 37), para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido’(Gaudium et Spes, 3)”.


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