Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Comentario - Eucaristía del
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Este domingo de preparación a la Navidad, la liturgia nos vuelve a presentar la figura de Juan Bautista. La semana pasada escuchamos su llamada a la conversión y prepararnos para acoger al Señor, y esta vez hay una pregunta que se repite tres veces: ¿qué debemos hacer?

Tal vez nosotros esperaríamos una simple respuesta: no peques, cumple los mandamientos. La conversión, que significa el cambio de vida, a veces la hemos centrado en la moral, en los pecados y en el deber ser. Pero no es así. El cambio de vida verdadero se sustenta en un cambio de mentalidad y un cambio del corazón. Solo después de esto la vida se va ordenando. Si invertimos el orden, y comenzamos exigiendo un cambio de vida, la conversión no es verdadera y es solo externa. Es importante presentar el evangelio desde las convicciones profundas y atractivas, de manera que surjan opciones motivadoras. 

Ante esto, Juan Bautista responde poniendo en primer lugar el desapego a los bienes de este mundo. Se trata de una propuesta provocativa. Frente a las necesidades del hermano tendemos a mirar hacia otro lugar, y no hacemos el bien que sabemos debemos hacer. El Bautista, lo primero que recomienda, es este desapego para construir una sociedad donde no se busca acumular ni acaparar los bienes, sino que se comparte. Los bienes son para todos. 

Cuando la pregunta se la hacen los publicanos, recaudadores de impuestos con fama de ladrones, esperaríamos que les exigiera cambiar de trabajo, sin embargo, la respuesta nuevamente nos sorprende: que vivan su profesión de una manera distinta. El trabajo se puede llevar a cabo de muchas maneras, Juan nos pone el desafío de vivirlo desde el evangelio. El servicio a los hermanos debe ser la forma distintiva del trabajo cristiano. En fin, Juan Bautista no exige a ninguno una práctica religiosa, ni tampoco manda no pecar, sino que pide la conversión de la mente, sabiendo que esto lleva a cambiar la vida. 

En esta Navidad queremos acoger al Señor de forma definitiva en nuestra vida. Y acogerlo a Él es acoger su proyecto de vida y de mundo nuevo. La caridad, el compartir lo que tenemos y servir al prójimo es el primer paso que debemos dar.


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