Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Lectio Divina - Preparando la Eucaristía Dominical
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Domingo 31 de Marzo de 2019

I. PREPARÉMONOS PARA EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR:

Oración Inicial:

Iniciamos el encuentro con el Señor, orando con el Salmo 150

Antífona

R/. Alabad al Señor por sus obras magníficas.

Alabad al Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento.

Alabadlo por sus obras magníficas, alabadlo por su inmensa grandeza.

Alabadlo tocando trompetas, alabadlo con arpas y cítaras,

alabadlo con tambores y danzas, alabadlo con trompas y flautas,

alabadlo con platillos sonoros, alabadlo con platillos vibrantes.

Todo ser que alienta alabe al Señor.

Invocación al Espíritu Santo

Espíritu Santo, amigo fiel, permítenos

contemplar tus maravillas, conocer tu

poder, apreciar tu intervención, creer

en tus carismas, para desearlos, para

pedirlos, para ponernos en tus manos

con la humildad necesaria para que,

si Tú lo quieres, nos tomes como

instrumentos de tu poder, con Jesús para

la salvación del mundo.

Amén.

II. OREMOS CON LA PALABRA DE DIOS:

LECTURA (Lectio): ¿Qué dice la Palabra? Jesús responde a las críticas de los fariseos y escribas, justificando su opción por los pecadores, revelando el auténtico rostro de Dios: la misericordia.

Texto bíblico: Lc 15, 1-3. 11-32

MEDITACIÓN (Meditatio): ¿Qué me dice la Palabra? ¿Sentimos la misericordia de Dios en

nuestras vidas? ¿Consideramos que como Dios es misericordioso con nosotros? ¿Somos misericordiosos con los demás, como Dios lo es con nosotros?

ORACIÓN (Oratio): ¿Qué le digo a Dios con esta Palabra? Conversemos con la confianza de sentirnos hijos con Dios, para que Él nos diga cómo podemos corresponder al amor sin medida que nos ofrece cada día.

CONTEMPLACIÓN (Contemplatio): Gusta a Dios internamente en tu corazón.

Como el hijo pródigo, recapitulemos sobre cuántas veces el Señor nos ha perdonado y vuelto a acoger con amor y ternura.

III. PROFUNDICEMOS CON LOS PADRES DE LA IGLESIA

De los Tratados de san Agustín, obispo, sobre el evangelio de san Juan.

CRISTO ES EL CAMINO HACIA LA LUZ, LA VERDAD Y LA VIDA

El Señor dice: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Esta breve sentencia contiene un mandato y una promesa. Cumplamos, pues, lo que nos manda, y así tendremos derecho a esperar lo que nos promete. No sea que nos diga el día del juicio: “¿Ya hiciste lo te mandaba, pues que esperas alcanzar lo que te prometí?” «¿Qué es lo que mandaste, Señor, Dios nuestro? dice: «Que me siguieras». Has pedido un consejo de vida. ¿Y de qué vida sino de aquella acerca de la cual está escrito: En ti está la fuente viva?

Por consiguiente, ahora que es tiempo, sigamos al Señor; deshagámonos de las amarras que nos impide seguirlo. Pero nadie es capaz de soltar estas amarras sin la ayuda de aquel de quien dice el salmo: Rompiste mis cadenas. Y como dice también otro salmo: El Señor liberta a los cautivos, el Señor endereza a los que ya se doblan.

Y nosotros, una vez libertados y enderezados, podemos seguir aquella luz de la que afirma: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Porque el Señor abre los ojos al ciego. Nuestros ojos, hermanos, son ahora iluminados por el colirio de la fe. Para iluminar al ciego de  nacimiento, primero le untó los ojos con tierra mezclada con saliva. También nosotros somos ciegos desde nuestro nacimiento de Adán, y tenemos necesidad de que él nos ilumine. Mezcló saliva con tierra. La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Mezcló saliva con tierra; por eso estaba escrito: La verdad brota de la tierra; y él mismo dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

Disfrutaremos de la posesión de la verdad cuando lo veamos cara a cara, ya que también esto se nos ha prometido. Pues, ¿cómo nos atreveríamos a esperar lo que Dios no se hubiera dignado prometernos o darnos?

Veremos cara a cara, como dice el Apóstol: Al presente conozco imperfectamente, como en un espejo y borrosamente; entonces lo veremos cara a cara. Y el apóstol Juan dice en su carta: Queridos hermanos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es.

Se trata, en verdad, de una gran promesa; si lo amas, síguelo. «Lo amo -me respondes-, mas, ¿por dónde he de seguirlo?». Si el Señor, tu Dios, te hubiese dicho: «Yo soy la verdad y la vida», tú, deseoso de esta verdad y de esta vida, tendrías razón de decirte a ti mismo: «Gran cosa es la verdad, gran cosa es la vida; ¡si hubiese un camino para llegar a ellas!».

¿Preguntas cuál es el camino? Fíjate que el Señor dice en primer lugar: Yo soy el camino. Antes de decirte a donde, te indica por donde: Yo soy -dice- el camino. ¿El camino hacia dónde? La verdad y la vida. Primero dice por dónde has de ir, luego a dónde has de ir. Yo soy el camino, yo soy la verdad, yo soy la vida. Permaneciendo junto al Padre, es verdad y vida; haciéndose hombre, se hizo camino.

No se te dice: «Esfuérzate en hallar el camino, para que puedas llegar a la verdad y a, la vida»; no, ciertamente. ¡Levántate, perezoso! El camino en persona vino a ti, te despertó del sueño, si es que ha llegado a despertarte; levántate, pues, y camina.

Quizá te esfuerzas en caminar y no puedes, porque te duelen los pies. ¿Por qué te duelen? ¿No será porque, movidos por la avaricia, han recorrido lugares escabrosos? Pero aquel que es la Palabra de Dios curó también a los cojos. «Resulta -dirás- que tengo sanos los pies, pero no acierto a ver el camino». Piensa entonces que también abrió los ojos al ciego.

Padre nuestro

Oración

Señor Dios, que por tu Palabra hecha carne has reconciliado contigo admirablemente al género humano, haz que el pueblo cristiano se apreste a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y con una entrega generosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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