Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Comentario - Eucaristía del
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Este nuevo domingo pascual seguimos escuchando en el evangelio el testamento que nos deja el Señor. La semana pasada fue el mandamiento del “amarnos los unos a los otros como él nos amó”. Hoy es la promesa del don del Espíritu, que nos preparamos para recibir este Pentecostés, y también el importante don de la paz. 

Así como el caso del amor, no se trata de la paz como la da el mundo. A nivel de naciones, la paz es el tiempo que transcurre entre dos guerras. A nivel de sociedad tiene que ver con los equilibrios políticos y sociales que generan ambientes llenos de tensión. A nivel personal, el mundo nos plantea la paz en términos de no tener conflictos, ni penas, ni dolores. Pero sabemos que eso no es suficiente, pues ninguna de estas realidades es definitiva. La paz que nos frece el Señor es distinta. 

La paz del Señor se trata de una presencia interior que está vinculada al don del Espíritu. Este Espíritu es el que nos permite vivir como hombres nuevos, no solo dedicados a la vida material, sino que despiertos a esa vida divina-espiritual de la cual somos partícipes. Y esta vida nueva no es ausencia de sufrimiento ni dificultades, sino que es una vida en Dios. La paz que el Señor nos ofrece dice relación con la fuerza interior, con la certeza de su presencia en nosotros, para vivir la vida desde la plenitud y transformación que nos da el amor. 

Pero esta vida divina y esta paz interior, si bien son un don de Dios, requieren de nuestro esfuerzo y dedicación. Y para eso debemos cultivar nuestro mundo interior. Tenemos la experiencia comunitaria de la Eucaristía, fuente primera del encuentro con Dios. Tenemos también el camino de la oración y de la intimidad con Dios, el camino del silencio hacia el corazón. Tenemos la escucha de la Palara de Dios, que siempre genera en nosotros un anhelo de conversión. Tenemos el mundo del servicio y de la caridad. Tenemos el sustento de nuestras familias, lugar donde aprendemos a amar y a servir. En fin, son los elementos fundamentales de la vida cristiana, los cuales nos transforman desde la paz interior que solo la presencia del Espíritu nos puede dar.

La paz interior, es un lugar desde el cual queremos enfrentar nuestra vida. Porque sabemos que la plenitud de vida no consiste en no sufrir ni en no morir, sino que consiste en vivir en el amor, incluso en las ocasiones en que el dolor nos visita. Y para eso necesitamos de la paz que solo el Señor nos puede dar. 


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