Área de Liturgia y Espiritualidad


FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS

Septiembre 2026

EL CANTO Y LA MÚSICA

El canto es esencial a la celebración litúrgica. 

A Xabier Basurko le debemos este extracto sobre este tema, tomado de «Para vivir el Domingo», de la editorial Verbo divino (1993). Esperamos que los responsables de los coros parroquiales puedan aprovecharlo. 

 

El canto, como expresión humana, es la conjunción original de música y texto, de ritmo y de sentido, de emoción y de razón, de melodía, silencio y palabra. En el canto cristiano, «gracias a la palabra, la música puede nombrar al Dios de Jesucristo; por la música, la voz humana intenta decir lo inefable». El canto, antes de ser texto, es gesto; antes que palabra, es comunicación pre-verbal, como lo ha expresado acertadamente Joseph Gelineau:

«Antes de ser un médium de orden lingüístico que lleva un mensaje descifrable, es una comunicación prelógica, anterior al logos como lenguaje articulado... La voz que ora y canta no sólo expresa y comunica nociones. Es relación en devenir, y ello ante todo por su timbre, su tónica, sus acentos, sus tonos. Toda voz que se eleva habla ya aun antes de que se haya descifrado lo que dice».

El canto ha sido un elemento esencial de la asamblea litúrgica en la primera tradición cristiana; una realidad connatural y obvia, una especie de necesidad interna de la comunidad reunida, tal como nos dejan traslucir los numerosos documentos literarios sobre el tema, que hemos conservado de esos cinco primeros siglos. 

¿Cantamos?

Pero a esta primera tradición siguió un largo período (coincidente, no por casualidad, con el período de la «casuística del domingo») en el que el canto del pueblo fue reducido progresivamente al silencio. Una mirada global a la evolución histórica de la liturgia nos hace comprender que existe una clara correlación entre participación del pueblo en la liturgia y el florecer del canto de la asamblea. Por eso la renovación litúrgica del Vaticano II ha querido poner fin a la «liturgia espectáculo», a las «misas concierto», y devolver su protagonismo original al pueblo. Y, efectivamente, las asambleas se han puesto a cantar, enlazando así con la tradición litúrgica de los primeros siglos.

Ahora bien, si se reflexiona sobre este hecho, se puede reconocer un fenómeno bastante sorprendente desde el punto de vista sociológico. Y es que el hombre moderno, más precisamente el hombre de la civilización urbana occidental, canta poco. Este hombre de hoy, que se encarga de consumir la enorme producción de discos y videos musicales, verifica su encuentro con la música más a través de la visión, la audición o el gesto corporal, que cantando él mismo. De todos modos, es un hecho importante subrayar que, en ninguna civilización humana, la música ha tenido tanta influencia y tanto protagonismo como en la nuestra. Nunca ha estado el hombre alcanzado y envuelto por tanta música, en cantidad, en intensidad, en variedad de géneros y estilos, como el hombre de nuestros días. Pero es preciso añadir la pregunta: el canto, ¿sigue siendo un hecho cultural vivo?

El racionalismo, el individualismo, la pérdida de una cierta ingenuidad, como componentes de nuestra cultura moderna, algo tendrán que ver con ese fenómeno. Estamos ante una aplicación concreta de la compleja problemática «culto-cultura», que aquí no podemos más que apuntar. De todos modos, la misma cuestión debe ser considerada también desde otra perspectiva, o sea, desde la relación dialéctica «culto-culturas» (esta vez en plural). En efecto, en relación al canto y a la música es distinta la disposición y sensibilidad de cada pueblo, incluso de cada estrato social y cultural, como ha sido diversa la sensibilidad de cada época histórica. Estamos, pues, ante un dato antropológico cultural de gran complejidad, que influye directamente a la hora de plantear hoy si cantar o no cantar en la asamblea dominical.

Necesitamos cantar

Pero, por otra parte, es evidente que todavía hoy existen pueblos que poseen una infraestructura cultural de primer orden: la afición y el gusto por el canto; en ellos, la expresión del canto es sentida casi como una necesidad cuando están en la asamblea litúrgica; tratándose de esos colectivos humanos, en el canto, en el acertado uso y elección de la expresión musical y cantada, se juega buena parte de la viveza y significatividad de sus celebraciones dominicales.

Deber de los responsables litúrgicos será, en esos casos, no dilapidar esa herencia recibida, sino cultivarla con todo esmero. Pero hay que tener gran cuidado con los criterios puestos en juego: qué cantar y qué no cantar, cuándo cantar, cómo cantar y quiénes cantar... El que la gente cante a gusto y con fruición tal o cual canto no siempre es un criterio adecuado. Hay también una tarea de «evangelizar» el canto; en efecto, hay letras teológicamente impresentables; por ejemplo, esos cantos eucarísticos, surgidos en el clima de romanticismo del siglo pasado, que hablan del «divino prisionero» del sagrario… y que todavía perviven en ciertas comunidades.

El primado del texto

La gran tradición de los primeros siglos subrayó de forma general el primado del texto, y la función ministerial o de servicio de la música, del ritmo y la melodía respecto a la palabra; tema que no carece de actualidad, tanto respecto a la composición, como a la interpretación del canto litúrgico, incluyendo la actuación del coro y de los solistas. De todos modos, no se pueden comparar las limitadas posibilidades musicales de una asamblea cristiana de los siglos III-IV, por ejemplo, y las de nuestra época. Sólo queremos aludir a las inmensas posibilidades de la música y del canto escuchados, gracias a los métodos modernos de grabación y reproducción.

La significación de un canto, sobre todo en el acto mismo en que es cantado por la asamblea, no siempre coincide con la significación del texto. Un canto cuyo texto habla de la alegría de la resurrección puede ser neutralizado parcial o totalmente por el contexto ambiental, o incluso por el mismo ritmo con el que es interpretado; como ha escrito Michel Scouarnec: 

«Una asamblea que desafina es una asamblea que canta “aleluya” con caras de funeral y un tempo lacrimógeno, y no una asamblea que se equivoca de nota». 

Con esto solamente queremos aludir a que, dentro del amplio campo del canto y de la música, hay una compleja gama de tareas educativas a cuidar, para que también en cada reunión dominical este tipo de expresión llegue a ser, como lo fue en la primitiva tradición, un signo privilegiado del gozo pascual de la comunidad cristiana.



 

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