Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Comentario - Eucaristía del
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La expresión Cordero de Dios evoca, en los hebreos, la imagen del siervo de Yahvé, que aparece como el cordero conducido al matadero. Es la imagen del cordero del sacrificio pascual. Siguiendo la cronología de san Juan, Jesús fue llevado a la muerte en la vigilia de la fiesta de los ácimos, vale decir en la vigilia de la pascua. En el mediodía, a la misma hora en la cual, según las prescripciones de la ley, se inmolaban en el Templo los corderos.

Después de la muerte no le fueron quebradas las piernas como a los otros condenados y, en este hecho, el evangelista ve la norma ritual que concierne al cordero de la pascua. (Jn 19, 36; Ex 12, 46).

En otras palabras, Jesús es el cordero de la nueva pascua, que con su muerte inaugura nuestra salvación. Es en esta luz que se debe leer la primera lectura. El siervo es una figura simbólica que incorpora en sí todo el destino de un pueblo, que mediante su misión revela a Dios como Salvador.

La tarea del siervo de Yahvé tiene una dimensión universal, es liberación definitiva, hasta los extremos de la Tierra. La misión del siervo es anunciar la salvación, no solamente a los descendientes carnales de Abraham, sino a toda la gente hasta los confines del mundo.

El Bautista, mandado por Dios a preparar los caminos a Jesús, Mesías y Salvador, lo muestra como el Cordero de Dios, la víctima que rescata al mundo del pecado. Él viene en la plenitud y total posesión del Espíritu, que comunicará a los bautizados para que se salven y lleguen a ser hijos de Dios, extirpando las raíces del mal, dando a los hombre la fuerza de la gracia para liberarse, sanando los pensamientos y el corazón, Jesús da origen a  una humanidad nueva.

En el inicio de la primera carta a los fieles de Corinto, Pablo habla de su propia vocación, señalándoles a los cristianos que también ellos están llamados a la fe, santificados en Cristo Jesús, es decir, consagrados a Dios, por el Bautismo. Están llamados a construir la Iglesia y a ser dignos miembros de ella, renovando y purificando incesantemente su Espíritu.


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