Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Lectio Divina - Preparando la Eucaristía Dominical
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I. PREPARÉMONOS PARA EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR:

Oración Inicial:

Iniciemos esta lectura orante con el Señor, rezando el Salmo 24.

Antífona

R/. Haz, Señor, que camine con lealtad.

A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados, mientras que el fracaso malogra a los traidores.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas.

Invocación al Espíritu Santo

Ven Espíritu de Santidad,

Ven Espíritu de Luz,

Ven Espíritu de Fuego,

Ven, abrásanos

Amén. 

II. OREMOS CON LA PALABRA DE DIOS:

LECTURA (Lectio): ¿Qué dice la Palabra? Jesús vuelve a Nazaret, en Galilea, y anuncia en la sinagoga que con Él se ha cumplido la profecía de Isaías.

Texto bíblico: Lc 1, 1-4; 4, 14-21

MEDITACIÓN (Meditatio): ¿Qué me dice la Palabra? ¿Hacemos nuestro el anuncio de la Buena Noticia que nos entrega Jesús? ¿Cómo cooperamos con Jesús y su misión en la actualidad? ¿Sentimos la acción salvadora de Dios en nuestras vidas?

ORACIÓN (Oratio): ¿Qué le digo a Dios con esta Palabra? Pidamos al Señor saber contemplar su acción salvadora entre nosotros y que el Espíritu nos aliente para colaborar a ella.

CONTEMPLACIÓN (Contemplatio): Gusta a Dios internamente en tu corazón. 

Visualicemos con nuestro corazón y mente, cómo Jesús leía frente a sus hermanos el pasaje del libro de Isaías.

III. PROFUNDICEMOS CON LOS PADRES DE LA IGLESIA

De los Sermones de Juan Mediocre de Nápoles, obispo 

AMA AL SEÑOR Y SIGUE SUS CAMINOS

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?  Dichoso el que así hablaba, porque sabía cómo y de dónde procedía su luz y quién era el que lo iluminaba. Él veía la luz, no esta que muere al atardecer, sino aquella otra que no vieron ojos humanos.  Las almas iluminadas por esta luz no caen en el pecado, no tropiezan en el mal.

Decía el Señor: Caminad mientras tenéis luz.  Con estas palabras se refería a aquella luz que es él mismo, ya que dice: Yo he venido al mundo, como luz, para que los que ven no vean y los ciegos reciban la luz. El Señor, por tanto, es nuestra luz, él es el sol de justicia que irradia sobre su Iglesia católica extendida por doquier. A él se refería proféticamente el salmista, cuando decía: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

El hombre interior, así iluminado, no vacila, sigue recto su camino, todo lo soporta. El que contempla de lejos su patria definitiva aguanta en las adversidades, no se entristece por las cosas temporales, sino que halla en Dios su fuerza; humilla su corazón y es constante, y su humildad lo hace paciente.  Esta luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre, el Hijo, revelándose a sí mismo, la da a los que lo temen, la infunde a quien quiere y cuando quiere.

El que vivía en tiniebla y en sombra de muerte, en la tiniebla del mal y en la sombra del pecado, cuando nace en él la luz se espanta de sí mismo y sale de su estado, se arrepiente, se avergüenza de sus faltas y dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?  Grande es, hermanos, la salvación que se nos ofrece.  Ella no teme la enfermedad, no se asusta del cansancio, no tiene en cuenta el sufrimiento.  Por esto debemos exclamar plenamente convencidos, no sólo con la boca, sino también con el corazón: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?  Si es él quien ilumina y quien salva, ¿a quién temeré?  Vengan las tinieblas del engaño: el Señor es mi luz.  Podrán venir, pero sin ningún resultado, pues, aunque ataquen nuestro corazón, no lo vencerán.  Venga la ceguera de los malos deseos: el Señor es mi luz. Él es, por tanto, nuestra fuerza, él que se da a nosotros y nosotros a él.  Acudid al médico mientras podéis, no sea que después queráis y no podáis.

Padre nuestro

Oración 

Dios todopoderoso y eterno, guía nuestros pasos para que llevemos una vida según tu voluntad, a fin de que podamos producir en abundancia frutos de buenas obras, en nombre de tu Hijo amado. Que vive y reina contigo.


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