Departamento de Liturgia del Arzobispado de Santiago
 
 
 
Lectio Divina - Preparando la Eucaristía Dominical
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I. PREPARÉMONOS PARA EL ENCUENTRO CON EL SEÑOR:

Oración inicial:

Iniciamos el encuentro con el Señor, orando con el Salmo 1

Antífona

R/. El árbol de la vida es tu cruz, oh Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. En el juicio los impíos no se levantarán, ni los pecadores en la asamblea de los justos; porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.

Invocación al Espíritu Santo

Ven Espíritu Santidad,

Ven Espíritu de luz,

Ven Espíritu de fuego,

Ven abrázanos.

Amén.

II.     OREMOS CON LA PALABRA DE DIOS:

Lectura (Lectio): ¿Qué dice la Palabra?

El evangelio nos ilustra las tentaciones que Jesús soporta en el desierto y cómo da respuesta a ellas.

Texto bíblico: Mt 4, 1-11

MEDITACIÓN (Meditatio): ¿Qué me dice la Palabra?

¿Qué tentaciones soportamos en nuestra vida cotidiana? ¿Cómo las enfrentamos?

ORACIÓN (Oratio): ¿Qué le digo a Dios con esta Palabra?

Solicitemos al Padre que el Espíritu Santo nos ayude a enfrentar las tentaciones que aparecen en nuestra vidas.

CONTEMPLACIÓN (contemplatio): Gusta a Dios internamente en tu corazón.

Contemplemos cómo Jesús responde a la tentación, para imitarlo y seguirlo, y poder llegar como Él a ser dignos hijos del Padre.

III.PROFUNDICEMOS CON LOS PADRES DE LA IGLESIA.

De los comentarios de San Agustín, Obispo, sobre los Salmos

EN CRISTO FUIMOS TENTADOS, EN ÉL VENCIMOS AL DIABLO

Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido.  Por lo tanto, se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros.  ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra?  Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra.  De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros.

Y ¿qué es lo que pide?  Lo que he dicho antes: Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica; te invoco desde los confines de la tierra.  O sea:  «Esto que pido, lo pido desde los confines de la tierra», es decir, desde todas partes.

Pero, ¿por qué ha invocado así?  Porque tenía el corazón abatido.  Con ello da a entender que el Señor se halla presente en todos los pueblos y en los hombres del orbe entero no con gran gloria, sino con graves tentaciones.

Pues nuestra vida en medio de esta peregrinación no puede estar sin tentaciones, ya que nuestro progreso se realiza precisamente a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni puede ser coronado si no ha vencido, ni vencer si no ha combatido, ni combatir si carece de enemigo y de tentaciones.

Éste que invoca desde los confines de la tierra está angustiado, pero no se encuentra abandonado. Porque a nosotros mismos, esto es, su cuerpo, quiso prefigurarnos también en aquel cuerpo suyo en el que ya murió, resucitó y ascendió al cielo, a fin de que sus miembros no desesperen de llegar adonde su cabeza los precedió.

De forma que nos incluyó en sí mismo cuando quiso verse tentado por Satanás. Nos acaban de leer que Jesucristo, nuestro Señor, se dejó tentar por el diablo.  ¡Nada menos que Cristo tentado por el diablo!  Pero en Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y de Él procedía para ti la salvación; de ti procedía la muerte para Él, y de Él para ti la vida; de ti para Él los ultrajes, y de Él para ti los honores; en definitiva, de ti para Él la tentación, y de Él para ti la victoria.

Si hemos sido tentados en Él, también en Él vencemos al diablo.  ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció?  Reconócete a ti mismo tentado en Él, y reconócete vencedor en Él.  Podía haber evitado al diablo; pero, si no hubiese sido tentado, no te habría aleccionado para la victoria cuando tú fueras tentado.

Padre nuestro...

Oración

Te pedimos, Señor todopoderoso, que las celebraciones y las penitencias de esta Cuaresma nos ayuden a progresar en el camino de nuestra conversión: así conoceremos mejor y viviremos con mayor plenitud las riquezas inagotables del misterio de Cristo. Que vive y reina contigo.


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