SALUDO

Enero 2025


Este hermoso tiempo de Navidad se prolonga hasta mediados de este mes. El desafío para la pastoral litúrgica de cada comunidad consistirá en mantener la identidad de este tiempo hasta la fiesta del Bautismo del Señor, el 11 de enero. No es una tarea fácil, porque la sociedad civil nos introduce muy pronto en las fiestas de año nuevo, u otras actividades de distinto tipo. No obstante, vale la pena intentar mantener el espíritu de Navidad hasta el final, y así profundizar en este Misterio que está en el quicio de nuestra fe.

El Misal nos ofrecerá para esto algunas ayudas que no conviene olvidar: el Saludo y el Acto penitencial están enmarcados en este tiempo litúrgico; los prefacios de Navidad y de las fiestas de este tiempo, que contienen una muy rica teología del Misterio de Navidad; y finalmente, las bendiciones solemnes, que permiten que los fieles vuelvan a sus tareas habituales impregnados de esta espiritualidad.

Y por lo mismo, ¡no saquemos aún el pesebre! La representación plástica de los misterios de la fe tiene claramente una función pedagógica, pero mucho más que eso todavía: nos permite entrar en el Misterio no solo por el sentido del oído, que es propio de un rito donde la Palabra es esencial, sino también a través del sentido de la vista, y todo lo que implica la percepción sensorial. También en la imagen sagrada hay una cierta presencia del Misterio, que podríamos sumar a todas las otras presencias divinas que se manifiestan en la celebración (SC 7).

En esa línea también el árbol de Pascua tiene su lugar e importancia. Entró hace tiempo en las costumbres de la vida familiar, y tampoco le es ajeno a la Iglesia. En efecto, razones históricas muy antiguas impiden mirarlo como una mera paganización de la Navidad. Todo lo contrario: ya desde la temprana Edad Media se pensó que contribuía a esclarecer el Misterio cristiano, pues era visto como una alegoría del árbol de la Cruz; su hoja perenne era insinuación de la perpetuidad de la Pascua; con sus tres puntas era evocación del Misterio trinitario, como también recuerdo del jardín del Edén perdido, pero que, por la victoria de Cristo, por su Pascua, ahora era definitivamente recuperado.

Los antiguos le daban importancia a los cósmico, porque sabían que la obra de la redención también salvaba a la naturaleza, que «gime como con dolores de parto» (Rm 8,22), y el árbol de Navidad era ocasión para visibilizar que la naturaleza renacía y se embellecía con el nacimiento de Cristo. Hoy día hay un resurgir de la sensibilidad por el cuidado de la naturaleza. Estos signos que nos conectan con los elementos esenciales del cosmos debemos cuidarlos y leerlos cristianamente. Porque la equilibrada teología cristiana de la creación nos invita a cuidarla y respetarla, pero también advertir su precariedad y necesidad de salvación.

¡Que no falten los himnos de Navidad, hasta el último día! De nada nos servirá intentar mantener el espíritu del Misterio de la Encarnación, si el coro insiste en cantar al inicio «Juntos como hermanos» y el «Pescador de hombres para la comunión».

Después de la fiesta del Bautismo del Señor entraremos en el «Tiempo Ordinario», en el cual iremos celebrando nuestra fe hasta el comienzo de la Cuaresma, el 18 de febrero.

Nos hace bien, después de días teológicamente tan intensos, volver a ese sobrio tiempo litúrgico que representa la obra cotidiana de Dios en su Iglesia, cuando no se contempla un solo aspecto del Misterio de Cristo, sino su totalidad. Aparecerá el evangelista de este año del ciclo A, san Mateo, que nos guiará durante todo el año en nuestro seguimiento de Cristo. Los equipos pastorales pueden ir pensando ya en algún curso bíblico que nos permita conocer las características de este Evangelio, sus insistencias, su peculiar manera de presentar la Buena Noticia del Señor.

El leccionario ferial, por su parte, nos llevará por las páginas de los dos Libros de Samuel y el evangelio de Marcos, que siempre nos sorprende por su entusiasmo a la hora de presentar la obra misionera del Señor.

Como se puede ver, nos esperan días de gran hondura espiritual que la celebración quiere ofrecernos.

¡Tengan todos ustedes una linda culminación de este Misterio de Dios con nosotros!

 


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