SALUDO
Febrero 2025
Durante el mes de febrero terminaremos este breve lapso del llamado Tiempo Ordinario para dar paso a la Cuaresma, un tiempo fuerte, de grandes implicancias espirituales.
A menudo se repite que, al caer este tiempo en nuestro verano del hemisferio sur, y, por ende, en un tiempo de descanso o mayor relajo, es muy difícil vivir en serio y en profundidad la Cuaresma. Creo, sin embargo, que podemos cambiar esa mirada, o al menos matizarla.
La Cuaresma es un tiempo de preparación para la celebración de las fiestas pascuales, las que constituyen un verdadero «evento bautismal», tanto para los catecúmenos que celebrarán la Iniciación cristiana, como para todos los fieles que la vamos a renovar. A diferencia de los catecúmenos, que se preparan con unos ritos específicos y catequesis, los demás fieles lo hacemos mediante la penitencia, dedicándonos a escuchar con asiduidad la Palabra de Dios y la oración. Ambas cosas – incluso más que en otros meses del año- las podemos hacer y muy bien en este mes de febrero.
En este sentido, tenemos en estos días de verano un tiempo privilegiado para darle espacio durante el día a una oración más intensa y más quieta. El leccionario del tiempo de Cuaresma, con el que podemos hacer lectio divina, es muy rico para volver a sintonizar con los valores del Reino. Podemos recomendar, por ejemplo, leer en familia las lecturas de cada día: o meditar como un conjunto los textos del Evangelio que nos acompañarán los domingos, que marcan el itinerario de la conversión y que somos invitados a meditar en clave bautismal. Lo mismo podríamos hacer con los prefacios de este tiempo, que tienen una gran riqueza teológica.
Nuestras celebraciones cambian significativamente en este tiempo. A partir de Cuaresma queda prohibido adornar con flores el altar. Las vestiduras litúrgicas serán de color morado. De ese color también ha de ser el paño con el que se cubre el ambón. Es preferible siempre el color blanco para el mantel del altar.
Los cantos juegan un papel muy importante en este tiempo. No solo porque no cantaremos el himno del Gloria, ni el Aleluya, antes del evangelio. Además, porque ayudan a marcar el tono espiritual de todo este tiempo. Sería muy recomendable que el equipo de liturgia se reuniera con el responsable del coro parroquial para orientar en este sentido. Por de pronto, el himno de entrada puede ser siempre el mismo: el canto de las letanías. Hay distintas versiones. Y en caso de hacerlo de este modo se omite el acto penitencial.
La procesión de entrada se desarrolla como de costumbre. En caso de que no haya un diácono para que lleve el Evangeliario, lo puede hacer un lector. Recuerde que en caso de que los ministros lleven algún objeto litúrgico durante la procesión, no deben hacer ninguna inclinación al altar.
Si no se quiere usar siempre las letanías para el inicio, la sugerencia sería escoger un himno con temática cuaresmal y volver a valorar el Acto Penitencial tal como está indicado en el misal. Vale decir, desterrar el «canto del perdón», y usar solemnemente la primera fórmula, con un énfasis en el silencio, para después de la absolución simple cantar el «Señor, ten piedad». Tal como suena, tres palabras: Señor, ten, y piedad. Nada más. ¡Es muy linda la sobriedad del rito romano! Bien cantado, como aclamación, mientras todos miramos el crucifijo que está junto al altar, es muy recomendable. Lo mismo se puede hacer para la segunda fórmula. La tercera fórmula también es muy indicada para Cuaresma porque tiene, además, invocaciones muy hermosas para este tiempo. Si nos fijamos bien, ellas no se centran en el pecado sino en Cristo, que vence el pecado y la muerte. Todas las invocaciones están precedidas por un «Tú», lo que pone de relieve que estamos dirigiéndonos a Cristo, el Señor.
Como hemos dicho, cuando se canta el «Señor ten piedad», nuestras miradas pueden dirigirse al Crucifijo que está sobre el altar o a su lado. Y que, por supuesto, mira hacia la asamblea, como dice el Misal. ¡Es muy expresivo! Para eso, claro, el celebrante debe estar de pie en la sede, que es el lugar propio para este momento, y no ante el altar, al cual irá recién para la liturgia eucarística.
A partir del primer domingo de Cuaresma, en caso de que haya catecúmenos, es decir, adultos que celebrarán la Iniciación cristiana durante la Vigilia Pascual, se pueden ubicar todos juntos en un sector de la iglesia parroquial próximo al presbiterio, ya que ese día y en presencia de toda la comunidad pueden celebrar los ritos que expresan la proximidad de su bautismo. el encargado de la catequesis de adultos se lo puede recordar a su párroco.
Algunas comunidades omiten durante toda la Cuaresma el gesto de paz, y así lo recuperan en el tiempo Pascual, como don de Cristo resucitado. Es natural que genere extrañeza, pero bien explicado, vale la pena. De ese modo, no sólo recuperamos el significado de este gesto, sino que, además, combatimos el desgaste propio de la rutina.
Cuaresma es oración, ayuno y caridad. Una de las costumbres más hermosas de las diócesis de Chile es la campaña de «Cuaresma de fraternidad». Este año el foco de atención son los adultos mayores. Hay que intentar que no se transforme en una colecta más. Y un modo de hacerlo es no desvincularla de la celebración litúrgica. Explicarla al final de la misa, entregar el material, recordarla durante los cuarenta días y recibirla de vuelta en Jueves Santo, día de caridad fraterna y eucaristía, hará de ella una obra de caridad muy significativa.
Lindo el camino que nos espera. ¡Feliz ascenso a la «santa montaña de la Pascua»!
Pastoral Litúrgica