FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS
LA CENTRALIDAD DE LA PASCUA
Nos hace bien volver a lo esencial, y José Manuel Bernal, conocido teólogo liturgista nos pone en pocas líneas en perfecta sintonía con lo que celebraremos en estos días de otoño. Lo hemos tomado de su libro La Pascua en la tradición y en sus fuentes, de la Biblioteca litúrgica del Centro de Pastoral litúrgica de Barcelona.
La Pascua es el centro, el eje medular de la experiencia cristiana, el punto de arranque de la estructura litúrgica de la Iglesia. Y esto no solo desde el punto de vista teológico, sino también desde el mensaje bíblico, desde el testimonio de la tradición y desde el análisis de las estructuras celebrativas.
Cuando analizamos la primera predicación de los apóstoles descubrimos que el contenido medular de esa predicación está constituido por el anuncio del gran acontecimiento liberador de la Pascua, realizado en Cristo Jesús (Hch 2, 14-39; 22-36; 3, 12-26; 4, 9-12; 5, 29-32; 10, 34-43); en definitiva, los apóstoles anuncian a Jesús muerto y resucitado, triunfador de la muerte y Señor de la historia. Es el Kyrios, el Cristo de la Pascua (2 Cor 1,19; 4,5; 11,4; Flp 1,15; 1 Cor 1, 23; 2, 2-3; Rom 16,25).
La predicación apostólica busca suscitar la fe en los oyentes, el reconocimiento de Jesús como Señor; porque la fe es la respuesta a la predicación kerygmática de los apóstoles. Por eso el contenido de la fe corresponde al contenido de la predicación. Si acabamos de comentar que el acontecimiento pascual constituye el meollo de la primitiva predicación, hay que decir igualmente que la fe cristiana, esa fe que es respuesta a la predicación, aparece también polarizada en el Cristo de la Pascua. Así aparecen las más antiguas confesiones de fe recogidas en el Nuevo Testamento: Kyrios lesous Christos (1 Cor 12,3), «Jesús es el Cristo» (Mc 8, 29), «Jesús es el Hijo de Dios» (Mc 15,39; 1 Jn 4,15; Heb 4,14). En este sentido hay que interpretar también el simbolismo del pez, cuya expresión griega corresponde a la confesión lesous Christos Theou Uios Sôter (= Jesucristo Hijo de Dios Salvador).
Si ahora nos fijamos en la Eucaristía, en la fracción del pan celebrada al principio por los primeros discípulos, descubrimos que la liturgia de la cena del Señor no es sino la respuesta de la comunidad al mandato de Jesús de repetir la cena en su memoria. Por eso la Iglesia siempre ha reconocido que la Eucaristía es el memorial del Señor, la anamnesis de su entrega pascual en la cruz. Esto se percibe al analizar las palabras de Pablo: «Cuantas veces coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que él venga» (1 Cor 11,26). Esta es, sin duda, la expresión más cabal del memorial eucarístico y donde aparece, de manera más precisa, la referencia a la Pascua. Porque la «muerte», a la que hace referencia el texto, no es el desenlace fatal de una vida fracasada, sino el momento definitivo en que Jesús es glorificado y reconocido como Señor y Redentor. Por eso el texto de Pablo habla de la «muerte del Señor»; porque es la muerte gloriosa y triunfadora, la muerte que culmina en la resurrección. La dimensión pascual que se detecta en el texto de Pablo aparece ya desdoblada en el siglo III en la más antigua anáfora que conocemos, la que nos transmite Hipólito en su Traditio Apostólica y que la reforma litúrgica del Vaticano II ha conservado en la Plegaria Eucarística II: «Hacemos memoria de su muerte y resurrección».
Para concluir esta reflexión sobre la centralidad de la Pascua, descubierta en la primitiva predicación apostólica, en las más antiguas confesiones de fe y en el memorial de la Eucaristía, nos fijamos ahora, aunque sólo sea de pasada, en el año litúrgico. También en este caso, la celebración de la Pascua se perfila como el embrión, el germen, de todo el año cristiano. La celebración conjunta del año litúrgico no es otra cosa sino la celebración desdoblada de la Pascua.
Concluimos este punto. La Pascua está en el centro, en el corazón de la predicación de la Iglesia; ella es el objeto esencial de la fe cristiana, el centro de la Eucaristía y el embrión del año litúrgico.