Área de Liturgia y Espiritualidad  -  Delegación para la Evangelización

FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS



 

Charles Muller, un sacerdote francés que vivió su ministerio en Chile casi toda su vida, y que dejara una profunda huella en las comunidades en que sirvió, escribió ya hace tiempo estas meditaciones sobre el Espíritu Santo. Sencillas, claras, se leen con gusto en este tiempo del Espíritu. 

 

HA PASADO ALGO

El Viernes Santo, a las tres de la tarde, Jesús muere, condenado como blasfemo por los jefes religiosos de su pueblo, y como un individuo peligroso por el representante del poder romano. Muere solo, asistido sólo por un discípulo y algunas mujeres. Todos los demás lo han cobardemente abandonado, uno lo ha traicionado, otro —el responsable del grupo— lo ha negado tres veces ante una sirvienta. Y después de la sepultura se esconden por miedo a allanamientos o represalias.

Cincuenta días después, los mismos hombres, con Pedro a la cabeza, salen a la calle, y empiezan a proclamar ante multitudes algo increíble: Jesús ha resucitado, hay que creer en él, arrepentirse de sus pecados y recibir el bautismo. No temen las amenazas, los tribunales, los azotes, la cárcel, nada. Al Sumo sacerdote y a sus asesores, que les tienen prohibido predicar el Nombre de Jesús, Pedro contesta: "No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído... Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 4,20; 5,29); y todos, después de azotados, "están muy gozosos por haber sido considerados dignos de sufrir por el Nombre de Jesús" (Hch 5,41). La predicación apostólica no tarda en desbordar los límites de Jerusalén, de Palestina, y se propaga rápidamente, al igual que un incendio, en los países mediterráneos. 

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Los Apóstoles no habían frecuentado las escuelas como los Fariseos y los Escribas. Además, su nivel religioso era bastante rudimentario; entendían mal los gestos y las palabras de Jesús, los interpretaban en un sentido material o político (Mc. 8,14-21; Lc. 12,36-37; Hch 1,6, etc.), no aceptaban en absoluto la perspectiva de la pasión y muerte de su Maestro; además, eran algo nacionalistas y sectarios, se mostraban duros hacia los samaritanos y los paganos.

Ahora bien, he aquí como aquellos ignorantes empiezan a enseñar, y su palabra quema como un fuego y penetra como una espada. Es que, en lugar de explicar detalladamente, como los maestros oficiales, los acontecimientos y los preceptos del Antiguo Testamento, ellos muestran cómo Jesús es Aquel que realiza en plenitud lo que habían dicho y hecho los hombres más prestigiosos de la Biblia. Pedro manifiesta una sabiduría y una autoridad inesperadas para resolver el problema de si acaso había que imponer las prácticas judías -especialmente la circuncisión— a los convertidos venidos del paganismo. En el ocaso de su vida, el humilde pescador de Galilea escribe a las comunidades cristianas de Asia Menor, sobre la grandeza de la condición cristiana, la misión del nuevo pueblo de Dios, las exigencias del cargo pastoral, una carta hermosa y de gran actualidad, hasta inspirar algunos de los textos más importantes del Concilio Vaticano II.

El evangelio nos muestra a los apóstoles celosos unos de otros, afanosos de prestigio, de honores y de recompensas. Aún pocas horas antes de la pasión de Jesús disputan entre sí sobre quién era el mayor, y en otra oportunidad dos de ellos habían pedido al Maestro los primeros puestos en su Reino, que concebían a imagen de un reino terrenal.

La Iglesia naciente manifiesta un espíritu muy distinto. Los Apóstoles dan el ejemplo del desinterés, de la humildad, del servicio, y recomiendan lo mismo a quienes ejercen una responsabilidad en la comunidad. Los creyentes tienen un solo corazón y una sola alma, y comparten sus bienes para que ninguno de ellos pase necesidad. Por cierto, esto llegará a ser difícil a medida que su número vaya creciendo, pero es notable que todos, a pesar de las diferencias de sexo, de nacionalidad, de cultura y de rango social, se consideran como hermanos, iguales ante Dios y unidos entre sí por el vínculo de la fe y del amor. Surgen conflictos de personas y de opiniones, pero se resuelven, después de discusiones abiertas y francas, sin amargura ni rencor.

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Es evidente, pues, que entre la vida terrestre de Jesús y los comienzos de la Iglesia ha pasado algo de mucha trascendencia.

Por cierto, tuvo lugar la resurrección de Jesús y sus apariciones. Pero ellas fueron breves e intermitentes. Algunos vacilaban en creer, otros seguían pensando que estaba por llegar la hora en que Jesús, triunfador de los que lo habían clavado en cruz, iba a echar a los Romanos fuera del país y restablecer la soberanía de Israel. De todas maneras, estas apariciones no duraron más que cuarenta días, y los apóstoles se encontraron de nuevo solos, con una misión tremenda e inverosímil, la de anunciar a todos los pueblos la Buena Nueva del Señor resucitado.

Tuvo que haber, pues, otra cosa para explicar un cambio tan radical en la actitud de los apóstoles. Una remodelación de su ser en sus profundidades. Una acción directa de Dios. Es lo que ocurrió en la mañana de Pentecostés.

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El Señor había dicho a sus discípulos: "Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos", pues sólo el amor de Dios derramado en sus corazones por el Espíritu Santo podía procurarles la valentía para rendir un testimonio tal.

A Pedro le faltaba este amor cuando, atemorizado por la pregunta de una sirvienta, falló a su promesa y negó tres veces a su Maestro; pues en el amor verdadero no hay lugar para el miedo. Pero el mismo Pedro, quien, a la voz de una sierva, había cedido a un temor servil, fue liberado de él, después de la Resurrección, por el Príncipe de la libertad. Es entonces cuando su turbación se transformó en paz, y que, después de negar al que amaba, profesó su amor al que había negado. Sin embargo, este amor mismo era todavía débil y estrecho, le hacía falta la fortaleza y la plenitud del Espíritu Santo (San Agustín).



 

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Espíritu de Jesús, Espíritu de fuego, de luz, de alegría; Tú que en Pentecostés transformaste a los discípulos en cristianos, que hiciste resplandecer en ellos clara y nítidamente la verdad de Cristo, y encendiste el fuego en sus corazones; Tú con cuyo poder vencieron al mundo... ven a nosotros. Esclarece nuestras conciencias, para que aun en las dificultades de la vida diaria conozcamos nuestro deber. Danos un corazón generoso y fuerte, para que podamos hacer con alegría obras de Dios. Se te ha entregado el Reino de Cristo. Ábrenos los ojos, para que veamos al Señor. Enséñanos quién es Él, y qué quiere de cada uno de nosotros. 

Así sea.

 (Romano Guardini).

Ven, Espíritu Santo Creador, ven a visitar el corazón; y llena con tu gracia viva y celestial nuestras almas, que tú creaste por amor (Liturgia).

 

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