FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS


Palabras del Papa León XIV sobre la Formación Litúrgica


El Papa León XIV ha llamado a renovar con decisión la formación litúrgica en las parroquias, de modo que todos —sacerdotes, agentes pastorales y fieles— puedan comprender y vivir más plenamente el misterio que se celebra. 

Al recibir a participantes del Curso de actualización para responsables diocesanos de pastoral litúrgica, el Papa subrayó que aún persisten situaciones en las que se participa en la Misa sin comprender los gestos, palabras y signos, o en las que algunos ejercen servicios litúrgicos sin la preparación necesaria. Por ello, insistió en la urgencia de iniciar y fortalecer itinerarios bíblicos y litúrgicos accesibles en las comunidades.

Recordó que la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II sigue siendo un camino que requiere profundización. Invitó a ayudar a las parroquias a formarse en la Palabra de Dios, explicando los textos del Leccionario y promoviendo una auténtica iniciación cristiana y litúrgica, que permita descubrir el misterio de la fe a través de los ritos, oraciones y signos visibles.

El Papa pidió especial atención a la formación de los lectores: preparación bíblica básica, dicción clara, capacidad para proclamar el salmo y para elaborar las oraciones de los fieles. Estas competencias —señaló— son parte esencial de la reforma litúrgica y ayudan al crecimiento espiritual del Pueblo de Dios.

Asimismo, animó a los responsables diocesanos a buscar nuevos caminos y métodos para acompañar a las comunidades: promover la Liturgia de las Horas, cuidar la piedad popular y atender la calidad celebrativa en los templos. Valoró el trabajo de los grupos litúrgicos parroquiales, que deben actuar en comunión con la comisión diocesana y con los párrocos, evitando que solo unos pocos carguen con todas las tareas.

Finalmente, exhortó a revitalizar estos grupos, algunos debilitados con el tiempo, para que la liturgia vuelva a ser un espacio atractivo, formativo y participativo. Con creatividad pastoral —dijo— es posible renovar este servicio esencial para la vida de la Iglesia.

(Vatican.Va, 17 de noviembre de 2025)



CUARESMA, HACIA LA PASCUA DEL RESUCITADO

A. Berlanga y A. Ivorra

Hemos seleccionado en esta ocasión un breve fragmento de una hermoso trabajo publicado por Cuadernos Phase, el número 249, en el que sus autores, Alfonso Berlanga y Adolfo Ivorra, presentan la liturgia como fuente de espiritualidad. 

El camino cuaresmal es el tiempo propicio para la preparación inmediata de los catecúmenos que recibirán los sacramentos de iniciación. Ellos, acompañados de los demás bautizados, disponen de un tiempo donde admirarse del don de Dios en la Pascua de su Hijo. Cuando hablamos de la entrega de Jesús -de su hora- como Pascua, destacamos su faceta de liberación y de alianza: lo mismo que el pueblo elegido fue liberado de Egipto durante la cena del cordero pascual, para sellar una alianza en el Sinaí tras la peregrinación por el desierto... de igual modo la Iglesia recorre los cuarenta días junto a Cristo, vencedor de las tentaciones del diablo, hacia la definitiva liberación y la eterna alianza en la sangre del Cordero divino.

Con razón la Constitución sobre la liturgia destaca la dimensión bautismal y penitencial de la Cuaresma (SC, n. 109) en la escucha de la Palabra y en un clima de oración incesante. Ambrosio de Milán decía que «en la Iglesia existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo, las lágrimas de la Penitencia» (Catecismo, 1429). La Cuaresma, tal como la conocemos hoy, se ha configurado históricamente a partir del catecumenado y de la disciplina de la penitencia pública. También ahora acompañamos a los que se preparan para recibir los sacramentos de la iniciación en la Vigilia Pascual, y nos disponemos a recordar y renovar nuestro bautismo. En este camino, el ayuno ha tenido desde antiguo su protagonismo. El ayuno prebaustismal está atestiguado por la Didaché (mediados siglo 1), san Justino (siglo II) y el mismo Tertuliano (siglos II-III). Ayunaban los que iban a recibir el bautismo, el presbítero bautizante y la comunidad. Con este signo exteriorizamos la tristeza y el arrepentimiento ante el mal que percibimos en nosotros y a nuestro alrededor; expresamos además la intensidad de nuestra súplica y aprendemos qué valor concedemos a los bienes materiales y cómo saciar la sed de nuestro corazón, conduciendo nuestra libertad hacia los verdaderos bienes. Los prefacios de Cuaresma son, en este sentido, una catequesis idónea sobre el ayuno, cuyo ápice se encuentra en actualizar nuestra adhesión a Cristo, a su muerte y a su victoria. Hacia Él nos dirigimos: a la celebración de su Misterio Pascual, emprendiendo una vida nueva a imagen del Resucitado (Oraciones de bendición de la ceniza).

Dos signos litúrgicos de la Cuaresma

Hay otros dos signos no verbales propios de este tiempo que queremos destacar. Las vestes litúrgicas abandonan el verde y se tiñen de morado. Se trata de un color que resulta de la decrepitud del púrpura, que era precisamente el color reservado al emperador en el protocolo bizantino. Es el color del hombre viejo, del hombre de barro, cubierto de ceniza... que está a la espera de la renovación. Para poder asombrarnos del blanco de la Vigilia, necesitamos el contraste del color morado de la Cuaresma, y del rojo del Viernes Santo.

Asimismo, las flores desaparecen del altar. No es una cuestión estacional, porque las flores casi siempre podemos adquirirlas. Normalmente las flores ornamentan los altares con su color, sus olores y su vida. Denotan de esta manera que la acción sagrada que va a tener lugar trasciende a las acciones cotidianas; al mismo tiempo, convocan al reino vegetal en el momento de ofrecer el sacrificio eucarístico. De este modo, el hombre da voz a las criaturas que no hablan (Prefacio Plegaria IV) en la plegaria de acción de gracias y de alabanza.

Y con ellos [los ángeles) también nosotros, llenos de alegría, y por nuestra voz las demás criaturas aclamamos tu nombre cantando...

Es la dimensión cósmica de la liturgia que evidencia que tal acción no es de este mundo, pero parte de este mundo. La presencia sobre el altar de la única Víctima gloriosa empapa de su dinamismo oblativo todo aquello que está próximo: las velas, el incienso, el celebrante principal... y las flores. Para dar luz, la cera se consume; el incienso se quema para crear la nube blanca y de suave olor; el celebrante presta su ser y junto con la asamblea se hace víctima con Cristo; y las flores, que poco a poco se van ajando hasta morir en el altar, expresan -a su modo- la donación propia de la liturgia eucarística. Con el fin de provocar de nuevo en nosotros el contraste, la pedagogía de la Iglesia nos acostumbra a esta ausencia ornamental; de este modo, podremos celebrar la noche santa, dichosa y de gracia (Pregón Pascual), con la eclosión de todos los signos litúrgicos de luz, color, olor... que reclama la victoria definitiva del Resucitado.

Podemos replantearnos un arte de celebrar que privilegie las actitudes propias de la Cuaresma. Una tarea pastoral y espiritual que haga eco al deseo evangelizador del papa Francisco:

¿Qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer? Si no sentimos el intenso deseo de comunicarlo, necesitamos detenernos en la oración para pedirle que Él vuelva a cautivarnos (Evangelii gaudium, n. 264).

Nuestras celebraciones contagiadas de este deseo misionero serán verdaderos oasis de libertad, donde poder restaurarnos y proseguir nuestro camino bautismal y penitencial hacia la Pascua de Cristo.


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