PASTORAL LITÚRGICA
Días Eclesiales o de especial significación 2026
ENERO 1 |
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FEBRERO 18 |
Miércoles de cenizas |
ABRIL 2 26 |
Jueves Santo: Día del Sacerdocio Ministerial 4° Domingo de Pascua: Jornada Mundial de Oración por la Vocaciones |
MAYO 10 17 31 |
Día de la Madre Día del catequista Inicio de la semana Oración por la Unidad de los Cristianos Día de los Institutos Seculares |
JUNIO 21 |
Día del Padre |
AGOSTO 4 9 10 15 18 30 |
Día del Párroco Día del niño Día del Diácono Día de la Vida Consagrada Día Nacional de la Solidaridad Día de Oración de los Pueblos Originarios |
SEPTIEMBRE 1 6 15 27 |
MES DE LA BIBLIA Jornada Mundial por el Cuidado de la Creación Jornada de los Migrantes Día Nacional de los Enfermos Día de oración por Chile |
OCTUBRE 1 4 18 |
Día Internacional de las personas mayores Inicio semana de Oración por la familia Jornada Mundial de las Misiones (DUM) |
NOVIEMBRE 8 22 |
Inicio del Mes de María Jornada Mundial de la Juventud en las diócesis |
DICIEMBRE 3 |
Día internacional de las Personas en situación de Discapacidad. |
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(Todos los domingos) |
AGOSTO 15 |
Asunción de la Santísima Virgen María |
NOVIEMBRE 1 |
Todos los Santos |
DICIEMBRE 8 25 |
Fiesta de la Inmaculada Concepción Natividad de nuestro Señor |
COLECTAS OBLIGADAS ABRIL 3 JUNIO 28 SEPTIEMBRE 6 OCTUBRE 18 |
Destinación Lugares Santos Óbolo de San Pedro Migrantes Misiones (Domingo Universal : DUM) |
Signo y símbolos de la Cuaresma
La Cuaresma es un tiempo privilegiado de oración, conversión y preparación para la Pascua, en el que la Iglesia nos invita a renovar nuestra fe y acercarnos a Jesús y ser testigos de su Evangelio junto a nuestra Madre.
Los signos y símbolos específicos de este tiempo, nos ayudan a profundizar en nuestra fe, con un sentido personal y comunitario, interpelándonos a vivir esta experiencia enraizada en la vida de todos los días.
Entremos en el misterio del desierto de Jesús, con la certeza de que la Virgen María, nos abre el camino hacia la esperanza, la justicia y la misericordia.
Las cenizas, signo de penitencia y conversión, nos recuerdan nuestra fragilidad y nos invitan a vivir la Cuaresma con fe renovada.
La oración durante la Cuaresma nos invita a acercarnos más a Dios, escuchar su palabra y fortalecer nuestra relación con Él, preparando el corazón para la Pascua.
El color morado, usado en la Cuaresma, es signo de penitencia, reflexión y preparación espiritual, recordándonos la conversión y el camino hacia la Pascua.
La cruz es el signo del amor de Cristo que se entrega por nosotros, recordándonos el sacrificio de su muerte y la esperanza de la vida nueva que nos ofrece.
Las palmas del Domingo de Ramos simbolizan la alegría y la acogida de Cristo como Rey, recordando su entrada triunfal en Jerusalén y nuestra llamada a seguirlo con fe.
El Vía Crucis nos invita a acompañar a Jesús en su Pasión, meditando sus sufrimientos y aprendiendo a seguirlo con amor y fidelidad.
El ayuno y la abstinencia durante la Cuaresma nos ayudan a disciplinar nuestros deseos, acercarnos a Dios y fortalecer nuestra vida espiritual, recordando el sacrificio de Cristo y preparando el corazón para la Pascua.
La Cuaresma dura 40 días en recuerdo de los 40 días que Jesús pasó en el desierto, preparando su misión mediante la oración, el ayuno y la conversión, invitándonos a vivir un tiempo de preparación profunda para la Pascua.
La limosna durante la Cuaresma nos invita a practicar la caridad y la solidaridad, compartiendo con los demás lo que tenemos y viviendo el amor de Cristo en la comunidad.
El desierto recuerda los 40 días que Jesús pasó en oración y ayuno, un lugar de prueba, encuentro con Dios y preparación espiritual, invitándonos a crecer en fe y conversión.
En esta oportunidad, hemos invitado a nuestras páginas a un teólogo ortodoxo de gran envergadura espiritual. Ediciones Sígueme acaba de publicar algo de su obra. Reproducimos en esta ocasión un capítulo de «El Bautismo. Ensayo de teología litúrgica sobre el sacramento del agua y del Espíritu». Creemos que su lectura nos puede servir para este tiempo de Cuaresma, que comienza precisamente con el combate de Cristo contra el demonio.
EXORCISMOS
Alexander Schmemann
La preparación al bautismo o «catecumenado» incluía instrucciones y exorcismos. Dado que hoy, por el bautismo de niños, la instrucción en la fe se ha relegado necesariamente al tiempo posterior al bautismo, hablaremos primero de los exorcismos, que en el actual rito bautismal siguen inmediatamente a la Oración en la recepción de los catecúmenos.
EL «hombre moderno», incluso un ortodoxo, suele sorprenderse cuando se entera de que la liturgia bautismal comienza con unas palabras dirigidas al diablo. En efecto, el diablo no tiene cabida en la moderna concepción religiosa; pertenece a la panoplia de la superstición medieval y a una mentalidad primitiva. Muchas personas, incluidos sacerdotes, sugieren que se abandonen los exorcismos por «irrelevantes» e impropios de nuestra religión ilustrada y «moderna». En cuanto a los no ortodoxos, van aún más lejos: afirman la necesidad de «desmitologizar» el propio Nuevo Testamento, de «liberarlo» de una cosmovisión anticuada -de la cual, según ellos, la «demonología» es precisamente una expresión esencial- que no hace sino oscurecer su mensaje auténtico y eterno.
No es nuestro propósito esbozar, ni siquiera superficialmente, la enseñanza ortodoxa sobre el diablo. De hecho, la Iglesia nunca la ha formulado sistemáticamente, en forma de una «doctrina» clara y concisa. Sin embargo, para nosotros es de suma importancia que la Iglesia siempre ha tenido la experiencia de lo demoníaco o, dicho con términos más claros, siempre «ha conocido al diablo». Este conocimiento directo no ha dado lugar a una doctrina pulcra y ordenada; ello se debe a la dificultad, más aún, a la imposibilidad, de definir racionalmente lo irracional. Y lo demoníaco y, más en general, el mal son precisamente la realidad de lo irracional. Algunos teólogos y filósofos, en un intento de explicar y, por tanto, de «racionalizar» la experiencia y la existencia del mal, lo explicaron como una ausencia: la ausencia del bien. Lo compararon, por ejemplo, con la oscuridad, que no es más que la ausencia de luz y que se disipa cuando aparece la luz. Esta teoría fue adoptada posteriormente por deístas y humanistas de todas las tendencias y sigue formando parte integrante de nuestra visión moderna del mundo. Aquí se considera que el remedio contra todo mal se encuentra siempre en la «iluminación» y la «educación». Por ejemplo: hay que explicar a los adolescentes la mecánica del sexo, eliminar el «misterio» y los «tabúes», y ellos lo usarán racionalmente, es decir, bien. Multiplíquese el número de escuelas, y el hombre, que es bueno por naturaleza, vivirá y se comportará ipso facto racionalmente, es decir, bien.
Sin embargo, esta no es ciertamente la comprensión del mal en la Biblia y en la experiencia de la Iglesia. Aquí el mal no es una mera ausencia. Sino que es precisamente una presencia: la de algo oscuro, irracional y muy real, aunque el origen de esa presencia no sea claro e inmediatamente comprensible. Así, el odio no es una simple ausencia de amor; es la presencia de un poder oscuro que, en efecto, puede ser extremadamente activo, inteligente e incluso creativo. Y, desde luego, no es fruto de la ignorancia. Podemos conocer y odiar. Cuantos más hombres conocían a Cristo, veían su luz y su bondad, más lo odiaban. Esta experiencia del mal como poder irracional, como algo que realmente se apodera de nosotros y dirige nuestros actos, ha sido siempre la experiencia de la Iglesia y también la de quienes intentan, aunque solo sea un poco, «mejorarse» a sí mismos, oponerse en sí mismos a la «naturaleza», ascender a una vida más espiritual.
Nuestra primera afirmación, entonces, es que existe una realidad demoníaca: el mal como poder oscuro, como presencia y no solo ausencia. Pero podemos ir más lejos. Pues así como no puede haber amor fuera del «amante», es decir, de la persona que ama, no puede haber odio fuera del «odiador», es decir, de la persona que odia. Y si el misterio último de la «bondad» reside en la persona, el misterio último del mal también debe ser personal. Detrás de la presencia oscura e irracional del mal debe haber una persona o personas. Debe existir un mundo personal de aquellos que han elegido odiar a Dios, odiar la luz, estar en contra. ¿Quiénes son estas personas? ¿Cuándo, cómo y por qué han elegido estar contra Dios? La Iglesia no da respuestas precisas a estas preguntas. Cuanto más profunda es la realidad, menos posible es presentarla en fórmulas y proposiciones. Así, la respuesta está velada en símbolos e imágenes, que hablan de una rebelión inicial contra Dios en el mundo espiritual creado por él, llevada a cabo por ángeles empujados a esa rebelión por la soberbia.
El origen del mal se ve aquí no como ignorancia e imperfección, sino, por el contrario, como conocimiento y grado de perfección que hace posible la tentación de la soberbia. Sea quien sea, el «diablo» es una de las primeras y mejores criaturas de Dios. Es, por así decirlo, suficientemente perfecto, suficientemente sabio, suficientemente poderoso, casi se podría decir que suficientemente divino, como para conocer a Dios y no rendirse a él; para conocerle y, sin embargo, optar por estar contra él, desear liberarse de él. Pero como esta libertad es imposible en el amor y la luz, que conducen siempre a Dios y a una libre entrega a él, necesariamente debe realizarse en la negación, el odio y la rebelión.
Se trata, por supuesto, de palabras pobres, casi totalmente inadecuadas para el horrible misterio que intentan expresar. Porque no sabemos nada de esa catástrofe inicial en el mundo espiritual, de ese odio contra Dios encendido por la soberbia y de ese nacimiento de una realidad extraña y maligna no querida, no creada por Dios. O mejor dicho, sabemos de ella solo a través de nuestra propia experiencia de esa realidad, a través de nuestra propia experiencia del mal. En efecto, esta experiencia es siempre una experiencia de la caída: de algo precioso y perfecto que se desvía de su propia naturaleza y la traiciona, del carácter totalmente antinatural de esa caída que, sin embargo, se convierte en una parte integrante y «natural» de nuestra naturaleza. Y cuando contemplamos el mal en nosotros mismos y fuera de nosotros, en el mundo, todas las explicaciones racionales, todas las «reducciones» del mal a teorías ordenadas y racionales resultan increíblemente mezquinas y superficiales. Si hay algo que aprendemos de la experiencia espiritual es que el mal no hay que «explicarlo», sino afrontarlo y combatirlo.
Este es el camino usado por Dios para tratar el mal. En vez de explicarlo, envió a su Hijo único a ser crucificado por todos los poderes del mal, para destruirlos con su amor, su fe y su obediencia. Este es, pues, el camino que debemos seguir también nosotros. En este camino nos topamos ineludiblemente con el diablo desde el mismo instante en que decidimos seguir a Cristo. En el rito bautismal, que es un acto de liberación y victoria, los exorcismos vienen primero porque en nuestro camino hacia la pila bautismal inevitablemente «chocamos» con la figura oscura y poderosa que obstruye este camino. Hay que eliminarla, ahuyentarla, si queremos seguir adelante. En el momento en que la mano del celebrante toca la cabeza de un hijo de Dios y lo marca con el signo de Cristo, el diablo está allí defendiendo lo que ha robado a Dios y lo reclama como posesión suya. Puede que no lo veamos, pero la Iglesia sabe que está aquí. Puede que no vivamos más que un agradable y cálido «asunto» familiar, pero la Iglesia sabe que está a punto de iniciar una lucha mortal cuya cuestión última no son las explicaciones y las teorías, sino la vida eterna o la muerte eterna. Porque, querámoslo o no, lo sepamos o no, todos estamos implicados en una guerra espiritual que se libra desde el principio. Dios ha obtenido una victoria decisiva, pero el diablo aún no se ha rendido. Al contrario, según las Escrituras, es cuando está herido de muerte y condenado cuando libra la última y más poderosa batalla. No puede hacer nada contra Cristo, pero sí mucho contra nosotros. Los exorcismos son, pues, el comienzo del combate que constituye la primera y esencial dimensión de la vida cristiana.
¡Hablamos con el diablo! Es aquí donde se manifiesta la comprensión cristiana de la palabra, ante todo, como poder. En la cosmovisión desacralizada y secularizada del «hombre moderno», la palabra, como todo lo demás, ha sido «devaluada», reducida simplemente a su significado racional. Pero en la revelación bíblica, la palabra es siempre poder y vida.
Dios creó el mundo con su Palabra. Es poder de creación y también de destrucción, pues comunica no sólo ideas y conceptos, sino ante todo realidades espirituales, tanto positivas como negativas. Desde el punto de vista de una comprensión «secular» de la palabra, no sólo es inútil, sino incluso ridículo «hablar con el diablo», pues difícilmente puede haber un «diálogo racional» con el portador mismo de lo irracional. Pero los exorcismos no son explicaciones, no son un discurso destinado a demostrar nada a alguien que desde la eternidad odia, miente y destruye. Son, en palabras de san Juan Crisóstomo, «invocaciones impresionantes y maravillosas», un acto de poder «espantoso y terrible» que disuelve y destruye el poder maligno del mundo demoníaco:
El Señor te expulsa, ¡oh diablo!
El que vino al mundo y puso su morada entre los hombres para derrocar tu tiranía y liberar al hombre; que también en el árbol triunfó sobre los poderes adversos, cuando el sol se oscureció y la tierra tembló, y se abrieron los sepulcros, y se levantaron los cuerpos de los santos; quien también con la muerte ha aniquilado a la muerte, y derrocó al que ejercía el dominio de la muerte, es decir, a ti, oh diablo.
Te conjuro por Dios, que ha revelado el árbol de la vida y ha dispuesto en filas a los querubines y a la espada flamígera, que gira en todos los sentidos para custodiarlo:
¡Quedas expulsado!
Porque yo te conjuro por aquel que vuela sobre la superficie del mar como si fuera tierra seca, y somete las tempestades de los vientos, cuya mirada seca las profundidades, cuyo juicio hace que las montañas se derritan.
El mismo ahora, a través de nosotros, te expulsa. Teme, vete y aléjate de esta criatura, y no vuelvas más; ni te escondas en él, ni de día ni de noche; ni por la mañana ni al mediodía.
Vete de aquí a tu propio Tártaro, hasta el gran día del Juicio que está ordenado.
Teme a Dios, que está sentado sobre los querubines y contempla los abismos; ante quien tiemblan ángeles y arcángeles, potestades, querubines de muchos ojos y serafines de seis alas; ante quien tiemblan el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en él.
Vete y apártate de este guerrero sellado, recién alistado de Dios; porque te conjuro por aquel que cabalga sobre las alas del viento y hace de sus ministros un fuego ardiente.
¡Vete y sal de esta criatura con todos tus poderes y tus ángeles!
El exorcismo es realmente un poema en el sentido mas profundo de esta palabra, que en griego significa creacion. Verdaderamente manifiesta y hace lo que anuncia; hace poderoso lo que afirma; llena de nuevo las palabras con la energía divina de la que proceden. El exorcismo realiza todo por ser proferido en el nombre de Cristo; está lleno del poder de Cristo, que ha «irrumpido» en el territorio enemigo, ha asumido la vida humana y ha hecho suyas las palabras humanas, porque ya ha destruido el poder demoníaco desde dentro. Y así, habiendo exorcizado este poder maligno, el exorcista hace esta súplica:
Mira a tu siervo; ponlo a prueba y búscalo;
y desarraiga de él toda operación del diablo.
Reprende a los espíritus inmundos y expúlsalos;
y purifica las obras de tus manos.
Y ejerciendo tu poder, aplasta a Satanás bajo sus pies;
y dale la victoria sobre él y sobre sus espíritus;
que ha obtenido misericordia de ti,
que sea digno de participar de tus misterios celestiales.
Recíbelo en el reino celestial.
Abre los ojos de su entendimiento
para que la luz de tu evangelio brille en él...
La liberación del poder demoníaco es el inicio de la restauración del hombre, Su cumplimiento, sin embargo, es el reino celestial en el que el hombre fue recibido en Cristo, de manera que la ascensión al cielo, la comunión con Dios y la «deificación» se han convertido en el destino y la vocación últimos del hombre.
Mientras exorciza al catecúmeno, el sacerdote, como prescriben las rúbricas, «espira tres veces sobre su boca, frente y pecho». Espirar, respirar, es la función biológica esencial que nos mantiene vivos, una función también que nos hace por completo dependientes del mundo. Y el mundo está irremediablemente contaminado por el pecado, el mal y la muerte. En la cosmovisión cristiana original no hay lugar para nuestra dicotomía moderna entre lo «espiritual» y lo «material». Solo conoce al hombre en su totalidad, en la unidad orgánica y la interdependencia de lo espiritual y lo físico en él. El mundo entero está envenenado y enfermo, por lo que el acto de liberación no es solo «espiritual», sino también «material»: es la purificación del mismo aire que respiramos, que, en el acto del exorcismo, vuelve a ser puro y don de Dios; es la vida restaurada como dependencia de Dios, es la vida que Dios dio al hombre al principio.
Y el sacerdote continúa:
Expulsa de él todo espíritu malo e impuro que se esconde y hace su guarida en su corazón...
El espíritu de error, el espíritu de astucia,
el espíritu de idolatría y de toda concupiscencia;
el espíritu de engaño y de toda inmundicia
que opera a través de la incitación del diablo.
Y haz de él una oveja dotada de razón
en el santo rebaño de tu Cristo;
un miembro honorable de la Iglesia:
un vaso consagrado, un hijo de la luz;
y heredero de tu reino;
que ha vivido de acuerdo con tus mandamientos
y ha conservado inviolado el sello,
y ha mantenido su manto sin mancha.
Que reciba la bendición de los santos en tu reino…
Los exorcismos se han completado. Se ha producido la primera liberación. El hombre es restituido como ser libre, capaz de la verdadera libertad; no lo que nosotros llamamos libertad y que, de hecho, hace del hombre un esclavo de sus deseos y apetencias, sino la libertad de recibir de nuevo la verdadera vida que viene de Dios y conduce a Dios, la libertad de hacer la única elección verdaderamente libre y liberadora: la de Dios. Es esta elección la que constituye el paso siguiente de la liturgia bautismal.
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