PASTORAL LITÚRGICA


LA CELEBRACIÓN DE NAVIDAD: TEOLOGÍA

Matías Augé

Ofrecemos en este número un extracto tomado de una obra de Matías Augé, llamada «A través del Año litúrgico» y traducida al castellano en el año 2016. Su autor es un reconocido profesor de liturgia en distintos centros de formación en Roma. Ha sido también consultor de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de la Santa Sede.

La liturgia no tiene como función ofrecer una doctrina completa y sistemática del misterio celebrado. Sin embargo, es expresión viva y tradicional de la fe de la Iglesia. Esto resulta especialmente cierto en la liturgia navideña constituida dentro del contexto de la profundización doctrinal del misterio de la Encarnación presente en los grandes concilios de los siglos IV-V.


La Navidad celebra el inicio de nuestra redención

Como ya se mencionó, la Navidad y asimismo la Pascua, evidencian nuestro paso con Cristo de la muerte a la vida. Por lo tanto, podemos afirmar que el objetivo de la fiesta navideña es el misterio de la redención, que tiene en la Pascua su momento culminante. No obstante, obsérvese que se trata solo del punto de partida de la obra de salvación ordenada para nuestro rescate, y que en el acontecimiento del nacimiento tiene su simiente. Como dice la oración colecta del jueves antes de Epifanía:
              Señor, Dios nuestro, que iniciaste admirablemente la obra de la redención con el nacimiento de tu Hijo...

La verdad de la redención depende de la verdad misma de la encarnación. De cierta manera la Navidad es Pascua anticipada.

Las oraciones, las lecturas bíblicas y demás textos de la liturgia navideña actual, que se incluyen en el Misal Romano y en la Liturgia de las Horas, subrayan esta dimensión salvífica de la Navidad. A las puertas de la fiesta navideña, la respuesta del salmo responsorial (SI 24) del 23 de diciembre invita a repetir: «Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación». Para describir esta temática, nos detenemos de manera particular en dos formularios navideños del Misal Romano, el de la misa vespertina en la vigilia y el de la misa de la noche. La oración colecta de la misa vespertina en la vigilia de Navidad, ya mencionada, nos invita a recibir a Cristo como «redentor». La antífona de entrada de la misma misa, inspirándose en Ex 16,6-7, exclama:

               Esta noche sabrán que el Señor vendrá a salvarnos y por la mañana contemplarán su gloria.

Asimismo, la aclamación antes del evangelio:

              Mañana será destruida la maldad en la tierra y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo.

La oración sobre las ofrendas lo puntualiza diciendo: «Misterio que es el principio de nuestra redención». Sin embargo, la misa de la noche de Navidad desarrolla con mayor detalle de textos el tema de la salvación / redención: la antífona de entrada invita a alegrarnos «porque nuestro salvador ha nacido en el mundo». La respuesta del salmo responsorial (Sl 95) insiste: «Hoy nos ha nacido un Salvador». La segunda lectura, tomada de Tit 2,11-14, empieza recordando que «se ha manifestado la gracia de Dios, que trae, la salvación para todos los hombres». La aclamación antes del evangelio retoma el versículo central de la lectura evangélica:

              Os anuncio una buena noticia: hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor (cf. Lc 2,10-11).

La antífona de la comunión propone nuevamente las mismas palabras con ligeras variaciones. Finalmente, la oración después de la comunión despide a la asamblea recordando que se le convocó para agradecer a Dios por «el gozo de celebrar el nacimiento de tu Hijo». En lo que se refiere a la Liturgia de las Horas, resulta suficiente con citar el segundo responsorio del oficio de lectura de la Navidad:

              Hoy brilla para nosotros el día de la redención nueva, largo tiempo preparado, el día de la felicidad eterna.

Por lo tanto, ya desde el inicio del ciclo anual de las celebraciones litúrgicas, se nos recuerda que el Año Litúrgico debe interpretarse íntegramente en sentido unitario, cuyo centro dinámico es el misterio pascual de muerte y resurrección. La celebración de la Navidad de Jesús se orienta hacia el momento culminante de su Pascua. La Eucaristía no solo es memorial de la pasión de Jesús sino también de su nacimiento, su resurrección y ascensión, hasta su vuelta al final de los tiempos; no un recuerdo estéril sino presencia viva de todo el misterio de Cristo. Por ello, aunque en el devenir del Año Litúrgico se conmemoran los misterios individuales del Señor. La Iglesia los celebra con la Eucaristía.


La Navidad celebra la manifestación de la gloria de Dios en Cristo

Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la «gloria» se refiere a Dios mismo y su manifestación sobre todo cuando se da a conocer a través de un acto de salvación.

Especialmente, en el Nuevo Testamento, la redención en definitiva consiste en el hecho de que el hombre y la creación entera son partícipes de la presencia y manera de ser de Dios.

Por lo tanto, dicha gloria se manifiesta en la historia de la salvación, sobre todo en Cristo y su obra redentora. Por ello, la presencia de la gloria personal de Dios que se manifiesta en Cristo significa que la salvación está presente:

              Y aquel que es la Palabra se hizo hombre y habitó entre nosotros. Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como a Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (In 1,14).

Este versículo forma parte del prólogo del evangelio de Juan (Jn 1,1-18) proclamado en la misa del día de Navidad y el segundo domingo después de Navidad; además, inspira la antífona de la comunión de las misas de la Natividad del Señor de la noche y del día. Sin embargo, ya en las primeras vísperas de Navidad se habla del «rey de la paz que ha sido glorificado» (primera antífona de las primeras vísperas de Navidad), y se anuncia que «mañana veréis su gloria» (responsorio breve de las primeras vísperas de Navidad). Sin embargo, no se trata de un tema circunscrito a la liturgia del día de Navidad y del tiempo de la manifestación. Es un tema eminentemente pascual: el esplendor de la gloria del Padre se refleja plenamente en Cristo resucitado (cf. Jo 17,5). Por lo tanto, no hay que sorprenderse si la liturgia bizantina lee el prólogo de san Juan en la misma noche de Pascua. Por otra parte, la Iglesia bizantina celebra en la Navidad importada de Occidente, no tanto la humildad del Hijo de Dios que se encarna sino más bien la gloria del Verbo, quien como sol divino se hizo hombre, y va al encuentro en su camino al mediodía de la teofanía: para la liturgia la teofanía o «fiesta de las luces» (epifanía) bizantina es el culmen del ciclo de Navidad.

La temática de la gloria se encuentra, como profecía, en los feriales de Adviento, que tienen todos los días como responsorio breve de laudes un mismo y único texto que, inspirado en Is 6,1, se expresa en estos términos:

              Sobre ti Jerusalén, amanecerá el Señor. Su gloria aparecerá sobre ti En algunos domingos de Adviento, la primera lectura profética propone nuevamente fragmentos de tono similar: Is 35.1-08-10 (tercer domingo A); Is 40,1-5.9-11 (segundo domingo B); Ba 5,1-9 (segundo domingo C). En las preces de vísperas del segundo viernes de Adviento y del 23 de diciembre, la asamblea se dirige a Cristo con la súplica: «Manifiesta, Señor, tu gloria a los hombres». En una bellísima oración, que proviene del Rollo de Ravena (núm. 1350) y tomada como oración colecta del segundo sábado de Adviento, se pide:

               Nazca en mí, Dios omnipotente, el esplendor de tu gloria, Cristo tu único Hijo; su venida venza las tinieblas del mal y nos revele al mundo como hijos de la luz.

Las imágenes de este texto litúrgico son eminentemente bíblicas: en la Biblia, la luz es símbolo de vida, felicidad y dicha; las tinieblas son símbolo de muerte, desgracia y lágrimas. A las tinieblas de la prisión se contrapone por lo tanto la luz de la liberación y la salvación mesiánica. El fragmento de Isaías que se propone como primera lectura de la noche de Navidad empieza con estas palabras:

              El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; habitaba en tierra y sombras, de muerte, y una luz les brilló (Is 9,1).

Por ello, los redimidos son llamados «ciudadanos de la luz» (1Te 5,5). El «esplendor de la gloria» de Dios se nos revela en el acontecimiento de la Encarnación, para que también nosotros podamos ser para el mundo revelación de la gloria divina. De manera similar, aunque de forma mas genérica, la oración colecta del segundo domingo de Navidad, que proviene del Gregoriano Adriano (núm. 94), se expresa en estos términos:

               Dios todopoderoso y eterno, luz de los que creen en ti, dígnate llenar el mundo con tu gloria y manifestarte a todos los pueblos por el esplendo de tu verdad.

La encarnación redentora no solo es manifestación sino también ofrecimiento de esta gloria a los creyentes (cf. Jn 17,22).

Como lo muestran claramente los textos mencionados, la liturgia de Navidad subraya la actualidad salvífica del acontecimiento que se celebra. Resuena insistente, sobre todo en la Liturgia de las Horas, el «hoy» que indica que los hechos conmemorados en la liturgia, desde el momento en que sucedieron, ya no serán más un «ayer»; son hechos ya acaecidos pero que no desaparecieron, sino por el contrario, se asentaron definitivamente en la historia de la humanidad como don de salvación que se ofrece a todos:

               Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador; hoy en la tierra cantan los ángeles, se alegran los arcángeles; hoy saltan de gozo los justos, diciendo: «Gloria a Dios en el cielo». Aleluya (antífona del Magníficat de las segundas vísperas de Navidad).

Este «hoy», que aparece frecuentemente en los textos litúrgicos ya sea en la misa o en la Liturgia de las Horas de las diversas festividades del Año Litúrgico, es afirmación de la presencia real de la totalidad y plenitud del acontecimiento salvífico en la acción memorial de la liturgia.



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