Área de Liturgia y Espiritualidad


FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS

Vivir según el Domingo

José Aldazábal

La vivencia del Tiempo Ordinario está marcada por la celebración del domingo. De allí brota toda su teología. Sobre ello escribe José Aldazábal, conocido liturgista español, que publicó este artículo en revista Phase, número 164 (1988) 99 – 106.  Escrito hace casi cuarenta años, no pierde nada de su actualidad.

 

¿Estamos perdiendo el domingo? El "fin de semana" ¿está asfixiando al "día del Señor"? Y si esto es así ¿es recuperable la comprensión y la vivencia cristiana del domingo? ¿es "evangelizable" el fin de semana, de modo que, sin dejar de ser "el día del hombre", sea para la comunidad cristiana lo que desde el principio fue: "el día del Señor"?

Ciertamente la situación será distinta en los diversos lugares, porque en gran parte depende del grado de conservación o de pérdida de los valores cristianos en el ambiente social y familiar. No se puede negar que los cambios que están teniendo lugar en torno al fin de semana ejercen una notoria influencia en el estilo de vida también para los cristianos. Pero ¿por qué esta evolución, legítima y humana en muchos aspectos, tiene que suponer necesariamente el empobrecimiento de la vivencia cristiana de este día que es nuestra Pascua semanal, el "sacramento" gozoso de la salvación que Cristo nos ha conseguido y nos comunica sin cesar?

Un lenguaje nuevo y positivo

Quisiera ante todo hacer como un homenaje a los Padres conciliares que hace ahora veinticinco años -en la Sacrosanctum Concilium promulgada en diciembre de 1963- supieron describir en un apretado párrafo, con un lenguaje "nuevo" y estimulante, su visión del domingo cristiano: 

La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado, con razón, día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Pe 13). Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo" (SC 106).

Vale la pena que releamos este retrato conciliar del domingo casi en plan de examen de conciencia: después de veinticinco años en que éramos invitados a convocar y formar al pueblo cristiano en estas convicciones y realidades ¿está creciendo o disminuyendo el aprecio de la comunidad cristiana en relación con el domingo?

a) Es el día de la comunidad: el día en que ya desde la Iglesia apostólica de Jerusalén (Hech 2,1; 20,7; Un 20,19.26) se reúne la comunidad. La Iglesia se hace acontecimiento y se manifiesta visiblemente en la asamblea eucarística, numerosa o reducida, solemne o humilde. Sobre todo, en la convocatoria de las parroquias, "ya que de alguna manera representan a la Iglesia visible establecida por todo el orbe" (SC 42). Por eso "hay que trabajar para que florezca el sentido comunitario parroquial sobre todo en la celebración común de la Misa dominical" (SC 42).

b) El domingo es, por tanto, el día de la Eucaristía, la celebración central de la comunidad creyente. En ella experimenta su propia identidad la asamblea reunida, se pone a la escucha de la Palabra de Dios, que es la que la convoca y la re-crea continuamente, y celebra el memorial de la Pascua del Señor, participando de su fuerza salvadora. La comunidad, congregada el domingo "para la fracción del pan" (Hech 20,7), a la vez que realiza la Eucaristía, es edificada constantemente por esta misma Eucaristía: "siendo muchos, somos un solo pan y un cuerpo, pues todos participamos del mismo Pan" (1 Cor 10,17).

c) Desde hace muchos siglos el domingo es también para los cristianos el día del descanso, como participación en el descanso del Dios creador en el día séptimo, y sobre todo en el triunfo de Cristo Resucitado que nos comunica su libertad y su nueva vida. No somos invitados a un descanso vacío y aburrido, entendido como un "no-hacer", sino a una perspectiva positiva de celebración plena de la vida, sin dejarnos ahogar por el ritmo muchas veces agobiante del trabajo y de las preocupaciones existenciales. Es un descanso que podemos llamar "cúltico", con el que también rendimos nuestro homenaje al Cristo glorioso y damos testimonio de nuestra libertad y de nuestro talante cristiano de esperanza agradecida, como pregustando ya cada domingo el descanso y la fiesta definitivos del Reino.

d) El pasaje conciliar nos invita además a un día de alegría y de liberación, y define al domingo como nuestra fiesta primordial.

¿No es o debería ser la fiesta, la característica de una comunidad que cree y celebra la Buena Noticia, que cree y celebra la vida siempre nueva de su Esposo y Señor? Una perspectiva a (re)conquistar es la del domingo como todo un día entero de alegría y de estilo pascual de vida. En honor de Cristo Resucitado, y participando de su nueva existencia, la comunidad cristiana es invitada a experimentar cuasi-sacramentalmente cada domingo la alegría de la Pascua.

Esta alegría dominical, cúltica, cristiana, no niega, sino incluye las alegrías humanas que, afortunadamente, se han conquistado estos últimos tiempos en el fin de semana: tiempo para sonreír, para respirar humanamente, para jugar, para la excursión y el deporte, para el goce de la naturaleza, para la amistad y la vida más esponjada de familia, para la cultura y la música, para los hobbies y el tiempo libre. Pero los cristianos, además de gozar de ese espacio festivo como cualquier otro ciudadano, o más, somos invitados a dar sentido pascual a estas perspectivas humanas, no sólo con la celebración de la Eucaristía comunitaria -momento ciertamente privilegiado y como "motor" de todo lo demás- sino también con la opción por ese estilo pascual de vida que abarca las veinticuatro horas del domingo.

También el nuevo Código de Derecho Canónico -del que normalmente se espera una gramática más bien seca y normativa-es de agradecer que exprese la vivencia del domingo con términos positivos y estimulantes: "el domingo, los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo" (canon 1247). El descanso dominical tiene como finalidad crear un espacio adecuado -cronológico y psicológico- para la reunión comunitaria de culto (como también para la oración personal o familiar), y además posibilitar una saludable alegría, el descanso de mente y de cuerpo, y un clima de visión positiva, esperanzada, de la vida.

e) El domingo se muestra así como un factor importante del equilibrio y la armonía interior que todo humano necesita y que el cristiano debería disfrutar todavía con mayor motivo. Nos pone en la debida relación con la naturaleza cósmica, recordándonos la obra de la creación y su bondad como don de Dios. Nos reconcilia con los mejores valores humanos, ayudándonos a no ser esclavos ni del trabajo ni de los afanes diarios y proporcionándonos descanso mental y corporal. Nos ayuda a crear espacios válidos para la familia, para la convivencia, la amistad, el juego, el enriquecimiento cultural. Nos convoca a la celebración comunitaria que mejor expresa y alimenta nuestra identidad de cristianos. Nos invita a mirar con recuerdo agradecido hacia atrás, participando de la Pascua del Señor, pero a la vez nos anticipa en cierto modo el descanso y el triunfo festivo de la gloria. Es memoria y profecía, condensadas en el "hoy". El domingo es el "día primero" y a la vez el "día octavo", término con el que los Padres apuntaban hacia la dinámica escatológica del domingo: es un día que nos recuerda existencialmente a los cristianos que nuestro tiempo -nuestra semana de siete días- va marchando hacia la plenitud de Cristo, que no puede ser abarcada en nuestro calendario. Pero el domingo no nos ayuda a una alienación empobrecedora: nos hace volver la mirada también al compromiso del amor fraterno, incluido necesariamente en ese estilo pascual de vida que quiere participar de la existencia del Señor, que alcanzó la fiesta de la Vida gloriosa a través de la entrega total por los demás. Por eso el domingo es también el día de la caridad.

f) Todos estos aspectos tienen una raíz común, que resalta bien el pasaje conciliar: lo que celebramos cada domingo es el misterio pascual, la pasión y la gloria del Señor Jesús. Por eso se llama "día del Señor", del Kyrios, del Resucitado. Es un día que le pertenece a Él, ante todo, un día que Él llena con su presencia dinámica y gozosa. Un día que nos regala Él a nosotros, no nosotros a Él. Son veinticuatro horas que se convierten cada semana en un sacramento, hecho "tiempo", de la presencia salvadora del Resucitado a su comunidad. Él nos está presente los siete días de la semana, pero el "día del Señor" se convierte en un sacramento condensado de esta presencia. Por eso es el día de la comunidad y de la Eucaristía y del descanso y de la alegría y de la oración y de la caridad fraterna: porque es el día del Señor Glorioso, siempre vivo, siempre presente a los suyos. No celebramos un aniversario. Celebramos un acontecimiento que siempre es nuevo y joven. Los cristianos tenemos buena memoria, pero sobre todo debemos tener buenos ojos (de fe) para descubrir algo que no sucedió hace dos mil años, sino que permanece vivo en medio de nosotros, la presencia del Señor y de su Pascua. Esta convicción se convierte en fiesta cada semana.

"Vivir según el domingo"

San Ignacio de Antioquía, en una de sus famosas cartas, dice que "los que han abrazado la nueva esperanza, ya no sabatizan (viven según las leyes del sábado judío), sino que viven según el domingo, en el que nació nuestra vida resplendente por Él y por su muerte" (Carta a los de Magnesia n. 9).

Vivir según el domingo es todo un programa que supone algo más que ir a Misa o dejar de trabajar. Es algo íntimamente relacionado con nuestra identidad cristiana, como personas y como comunidad. La vivencia del domingo supone la confluencia de los mejores valores y convicciones de un cristiano: salvado por Cristo, acompañado continuamente por su presencia Espíritu, miembro de una comunidad, iluminado por la Palabra, participe del memorial siempre actual de su Pascua, contagiado por el vigor de su Vida nueva, hijo y libre en la familia de Dios, en armonía con el mundo presente y el futuro, con el cosmos y con las personas...

Vale la pena que gastemos nuestras mejores energías para "salvar" el domingo, para motivar a las generaciones jóvenes y a las mayores para su mejor vivencia. Como ya decía el abad Vonier: "Sin domingo, el pueblo de Dios se encontraría como sin plan de vida. Perder el domingo sería perder al pueblo de Dios, porque en este día, sobre todo en la celebración eucarística, reafirma este pueblo su propia identidad. Es cierto que las fuerzas de la oscuridad identifican, hoy más que nunca, la abolición del cristianismo con la abolición del domingo. En la práctica, un mundo sin domingo sería un mundo sin Dios, un mundo en que ha triunfado el maligno. 

Una de las dimensiones más positivas del nuevo lenguaje respecto al domingo es que no se conforma con recordar un precepto o en demostrar la importancia de la Eucaristía, sino que abarca en esta motivación invitante los demás aspectos de este "vivir según el domingo"; la caridad fraterna, la alegría como opción, el descanso como liberación humana y cristiana, la fiesta como sacramento semanal de la Pascua, la Eucaristía comunitaria como motor de la misión de testimonio a lo largo de la semana, en el ámbito de la familia y de la sociedad. El domingo es bastante más que un día en que no se trabaja o en que se participa de la celebración eucarística: son veinticuatro horas vividas con un estilo diferente, profético, sacramental, el estilo pascual de los cristianos, convencidos de la dinámica actualidad de la pascua salvadora de su Señor, Cristo Jesús.

Desde este abanico de valores, que el Concilio nos invitaba a comunicar pedagógicamente a todo el pueblo cristiano, es como se entiende el precepto dominical en sus dos vertientes del descanso y de la Eucaristía. El domingo no es importante porque sea de precepto, sino que es de precepto porque es importante, porque es algo vital para la comunidad cristiana.

El domingo se podría considerar como el latido del corazón de la comunidad, el ritmo de su vivencia de la Buena Noticia evangélica, la concretización celebrativa de sus mejores convicciones.

También la celebración litúrgica debería ser decididamente más pascual y festiva el día del Señor, como un retrato condensado de lo que quiere ser el día entero. Una celebración con más canto que los otros días, con cantos más pascuales en su texto, y con potenciación del Aleluya como aclamación al evangelio (que tal vez los demás días no se cante), con gestos simbólicos más dominicales (como el de la aspersión bautismal al inicio de la celebración, en vez del acto penitencial común: el domingo es el día en que más sentido tiene recordar plásticamente nuestra condición de bautizados convocados a celebrar la Eucaristía).

En la nueva edición del Misal en lengua castellana, que entra en vigor el próximo Adviento, al final de 1988, se ha dado mayor énfasis a este valor del domingo. Se ofrecen, por ejemplo, dos formularios más para la aspersión al principio de la celebración, donde se habla del domingo como "día consagrado al Señor", o como "día memorial de la resurrección". Se añaden también unas glosas a intercalar en las Plegarias Eucarísticas: estamos reunidos en comunión "para celebrar el día en que Cristo ha vencido a la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal"

También se ha enriquecido el número de los prefacios dominicales con uno nuevo que tiene como tema precisamente la realidad mistérica del domingo. En él se habla de la convocatoria, de la familia reunida, del día de fiesta, de la escucha de la palabra, de la participación en la Eucaristía, del memorial del Señor resucitado, de la espera del domingo sin ocaso, del descanso actual como anticipo del descanso definitivo de la gloria.

+++

No era el propósito de estas líneas ofrecer novedades ni un resumen sistemático y completo de la teología o de la pastoral del domingo.

Lo que he querido es recordar lo que hace veinticinco años dijo el Concilio como programa de acción y como resumen de convicciones. Los desarrollos posteriores, más o menos problemáticos, y las direcciones en que se está moviendo ahora el pensamiento y la praxis de la Iglesia en torno al domingo, los encuentra el lector en los artículos que siguen. Pero no es lo problemático lo principal: lo que nuestra generación postconciliar dice y cree del domingo es mucho más consolador que la enumeración de puntos pendientes. Consolador y también estimulante, porque es un programa que queda en buena parte por conseguir: que sea asimilado por todo el pueblo cristiano.

Se trata de que el cristiano de hoy viva su domingo de un modo muy humano y también muy moderno, según todas las conquistas sociales de nuestra generación, pero que a la vez lo viva en cristiano, como el sacramento semanal de la Pascua del Señor. Un hermoso y relajante "día del hombre", pero a la vez un esperanzador y profundo "día del Señor".

Puede parecer una utopía. En el domingo confluyen y se condensan los mejores valores de nuestra identidad cristiana. Su conjunto nos da una visión positiva y gozosa, a la vez que nos estimula para que nuestra generación no deje perder -para empobrecimiento de las siguientes- todo lo que supone este día que nos regala Dios y en el que se nos hace más manifiesta la presencia viva del Señor Resucitado. Es una utopía, sí. Las utopías no son alcanzables, pero "tiran": si ni siquiera nos proponemos este programa ambicioso, que hemos recibido en herencia ya desde la primera generación eclesial, no llegaremos ni de lejos a cumplir sus contenidos o a realizar el encargo que hace veinticinco años nos diera el Concilio.

 

 Contacto:
pastoralliturgica@iglesiadedesantiago.cl
 Teléfonos: 227875693 / 227875691
 Plaza de Armas 444C, Santiago


 Venta:
 Ediciones San José
contacto@edicionessanjose.cl
 Whatsapp: +56997992727
 Oficina: 223028879