Área de Liturgia y Espiritualidad


FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS

Agosto 2026

 

LA BELLEZA DE LA VERDAD

Francois Cassingena – Trévedy

Para esta ocasión hemos seleccionado este breve texto de Francois Cassingena – Trévedy, tomado de un hermoso libro publicado en Editorial Sígueme el año 2012. 

Esperamos que les inspire para realizar celebraciones cada vez más bellas y verdaderas

 

Nuestra liturgia ha de transparentar, ante todo, los gestos de Jesucristo. Esto y sólo esto es para lo que la liturgia sirve de cofre y de vitrina, y es en esta transparencia de los gestos mismos del Señor en lo que consiste su belleza. Una liturgia es bella en la medida en que deja que aparezcan los gestos de Jesús. La belleza no depende principalmente de los añadidos, de la decoración y de los ornamentos puestos por nosotros, sino que se debe enteramente al Señor. Cristo nos da como regalo la belleza de los gestos por él realizados. Belleza no fastuosa ni accesoria, sino austera e intensa. La belleza de una celebración depende sólo en una mínima parte y de modo secundario de los cantos, de los elementos decorativos, de la arquitectura; en ningún caso es posible olvidar que esa belleza reside antes de nada en la fracción del pan propiamente dicha, en razón de lo que Jesucristo ha hecho con tal gesto. Sobre este punto se precisa cierta iluminación y purificación del sentido estético que sólo la de teologal hace posible.

 

Los gestos de Jesús son bellos, como se ha visto, porque a través de ellos se irradia el ágape salvífico. Naturalmente tienen la belleza propia de los gestos humanos, simples, fundamentales. Como hombre práctico, Jesús es hábil, sabe cómo proceder. Sus gestos tienen la belleza de los gestos ordinarios que ponen en contacto con las cosas; el gesto de lavar toma del agua su belleza y el pan cotidiano confiere belleza al gesto de aquel que lo parte. Pero Jesús enriquece y ennoblece ulteriormente nuestros gestos humanos, cotidianos, ordinarios, prosaicos; los llena de una intensidad que sólo él puede conferirles; los realiza, pero en calidad de Verbo hecho carne. Jesús pone mucho en sus gestos, se implica él mismo, con toda su personalidad de hombre, pero también como Verbo.

La mano de Jesús tiene un «peso» muy superior al de nuestras manos. No hay para él gestos realizados mecánicamente, sino sólo gestos teándricos. Sus gestos, al igual que sus palabras, tienen su correspondiente «peso específico».

La especificidad de los gestos de Jesús es la de ser gestos «plenos»: plenos de amor, plenos de salvación, plenos de eficacia. Jesús no gesticula, todos sus gestos -bendición, unción, fracción-, custodiados y prolongados desde nuestra ritualidad sacramental, poseen una intensidad dramática incomparable y radical; y lo que nuestra liturgia debe manifestar es precisamente tal intensidad, tal gravedad, tal plenitud. Toda liturgia culmina en un gesto de Cristo al servicio del cual están nuestros gestos y ante el cual se ocultan. Aquí la exhibición y la magnificencia tienen razón de ser sólo si son correlativas al despojamiento, sólo si se corresponden con el gesto de Cristo, dejando la distancia necesaria para preparar éste, como la vasija que Él llena.

 

El auténtico ritual no sofoca los gestos esenciales, determinantes, del acto sacramental, no distrae de la atención privilegiada que hay que prestarles; al contrario, los subraya, y su razón de ser es sólo la de ponerse a su servicio.

Por lo tanto, tampoco nosotros debemos gesticular, sino atenernos a la simplicidad de los gestos de Cristo. Los gestos de nuestra liturgia son bellos, porque son gestos humanos, gestos cotidianos, ordinarios. Jesús nos ha dicho: «Haced esto», y nosotros lo hacemos con sencillez, con la misma sencillez con que él lo ha hecho. Jesús se levantó para hacer la lectura, desenrolló el volumen (cf. Lc 4, 16-17); tomó el pan en sus manos, lo bendijo, lo partió. Hizo todo esto con calma, seriedad, humanidad real, llena de consistencia, asumida por el Verbo. Como hacía notar la gente, «todo lo ha hecho bello» (Mc 7, 37). Bello, kalôs. Con elegancia, es decir, plenamente, con toda la presencia de ánimo con que puede actuar un hombre que sabe que, en un plazo cada vez más breve, será condenado a muerte, y una muerte por amor.

A medida que Jesús se acerca a su fin, sus gestos se hacen más grávidos, se rodean de silencio, se solemnizan, hasta aquella cima de intensidad muda y de lentitud que alcanzan en la última fracción del pan. Jesús, en cierto sentido, se inmoviliza en aquel gesto, pone en él todo el peso de su humanidad divina. Aquí el gesto no es ya algo accesorio o accidental respecto de la persona que lo realiza, sino que -fenómeno absolutamente único y típico de la persona de Cristo- toda la persona se hace presente en el gesto realizado y, con el gesto, se entrega del todo. La eucaristía es la perfecta introducción de la persona en el gesto, el gesto personificado. Llegado a la plenitud de aquella hora, para la cual ha venido, Jesús permanece como inmortalizado en aquel gesto en el que se dona a nosotros. Es en aquella posición, que es definitiva, donde se hace reconocer para, a renglón seguido, desaparecer a nuestros ojos (cf. Lc 24, 32); pues con haberlo visto en aquella posición, aunque sólo sea un instante, nos basta para siempre.

He aquí, por tanto, el tipo de gestualidad plena, sin adherencias, sin elementos superfluos, que nos ha sido confiado. «Haced esto en memoria mía». Junto con esta «tradición» nos ha sido confiado también todo un espíritu, todo un estilo litúrgico, absolutamente simple y austero. Nosotros hacemos los gestos que Jesús nos ha pedido que realicemos: gestos cotidianos, ordinarios, funcionales, salvadores, gestos de primera necesidad para sobrevivir y rememorar. Y la fe nos asegura que todos estos gestos están llenos de aquello que Jesús mismo ha puesto. La liturgia no es una forma de expresión corpórea de nuestra cosecha, ni una coreografía gratuita. «Haced esto en memoria mía». Todo lo que hemos aprendido es para utilidad nuestra y del mundo. Aquel cuya mano tiene un peso, cuya mano plenifica, Jesucristo, nos ha mostrado cómo actuar: todos somos guiados por su mano, y también todos estamos sometidos a su dictado, y sólo la docilidad a esta «guía» puede llevarnos a nosotros y a los demás, a través de nuestras manos experimentadas, hasta el bienaventurado convite: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14, 16).

En el ejercicio de la liturgia, nuestro objetivo y norma de conducta debe ser, siempre y estrictamente, la gestualidad de Jesús. Debemos tener siempre en mente la relación que une nuestros gestos físicos con los gestos físicos de Jesús y, a través de estos últimos, con el gesto teológico del ágape, del cual aquellos son huella y signo; y con Cristo mismo, el «gesto» de Dios hacia nosotros.





 

 

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