FORMACIÓN LITÚRGICA DEL PUEBLO DE DIOS
EL TIEMPO ORDINARIO: PRESENCIA DEL SEÑOR EN EL CAMINO DE LA IGLESIA
Jesús Castellano
De Jesús Castellano hemos tomado este extracto sobre el Tiempo Ordinario, aparecido en su libro: El Año Litúrgico, Memorial de Cristo y Mistagogía de la Iglesia, de la colección Biblioteca Litúrgica, del Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona.
El día como presencia de Cristo
La teología del tiempo ordinario está marcada fundamentalmente por el valor del tiempo cristiano, que en cualquier momento tiene su referencia total al misterio de Cristo y la historia de la salvación.
Sin entrar aquí en un tema que es más propio de un tratado especial de la Liturgia de las Horas, hay que notar que para los cristianos cada día -desde la mañana hasta la noche- tiene un sentido cristológico; y por eso, en cada una de las horas de la oración de la Iglesia hay, junto con la dimensión cósmica, una memoria salvífica referida a lo que aconteció en esos momentos: la mañana trae la memoria de la resurrección; la hora de tercia recuerda la venida del Espíritu Santo; la hora de sexta puede recordar la Ascensión; la de nona, la crucifixión y muerte del Señor; la de vísperas, el sacrificio vespertino de la cruz y de la cena; o también, la tarde del día de Pascua con la oración confiada de los discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya declina» (Lc 24,29); la noche nos hace entrar en la espera escatológica del Señor, mientras confiamos al sueño nuestros cuerpos fatigados, tras haber contemplado un día más la salvación.
Estas motivaciones, que ofrecen del día cristiano un sentido pascual pleno, quedan fijadas con diversos argumentos, simbolismos y evocaciones ya en la primera mitad del siglo III para toda la Iglesia. Por eso dentro de la sobriedad de lo cotidiano, cada día es para los discípulos del Señor una pascua cotidiana.
En efecto, cada día, como la Iglesia nos lo propone en su oración cotidiana, es un tiempo lleno de la memoria de Cristo, hecho sacrificio espiritual de la Iglesia y de los cristianos.
La Pascua cotidiana de la Eucaristía
Pero en el centro de la experiencia cotidiana está la celebración de la Eucaristía que es siempre celebración, memorial, presencia y comunión del misterio de Cristo Crucificado y Resucitado. Podemos incluso decir que la aparente monotonía del único sacrificio eucarístico, celebrado todos los días, es precisamente lo que da valor a cada jornada del cristiano y la convierte en pascua cotidiana, como ya decían en su tiempo los Padres de la Iglesia para que los cristianos no quedasen con insaciable nostalgia de Pascua.
Decía san Juan Crisóstomo: «La Cuaresma se hace sólo una vez al año; sin embargo, la Pascua se celebra tres veces a la semana o tal vez cuatro, o mejor cada vez que lo queremos. Pascua no consiste en el ayuno, sino en la oblación y en el sacrificio que se realiza en cada celebración... Cada vez que con conciencia pura te acercas a la Eucaristía, celebras la Pascua, porque Pascua es anunciar la muerte del Señor» (PG 48,867). Él mismo recordaba a los cristianos, al pasar del tiempo pascual al tiempo ordinario, que «cada asamblea es una fiesta» por la presencia del Señor en medio de sus fieles (PG 54, 669). San Agustín habla de la «celebración cotidiana de la Pascua» en la Eucaristía.
La Eucaristía aparece, pues, como el viático cotidiano en la historia monótona y ferial de los hombres, la Pascua diaria que da sentido pleno al trabajo y al descanso, a la enfermedad y a la muerte, al gozo y a la esperanza del cristiano. Así lo canta un hermoso texto de la liturgia actual, el VI prefacio dominical del tiempo ordinario: «En ti vivimos, nos movemos y existimos; y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la Pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos».
Sin embargo, podemos decir que la realidad cotidiana nos ofrece el todo de la Eucaristía y su tremenda monotonía, envuelta en la inmensa variedad de la palabra de Dios, siempre nueva cada día. Se trata en realidad de una preciosa y paradójica monotonía, que nos dice que Dios no tiene más que decirnos y que darnos que el misterio pascual de su Hijo. Así el misterio de la Pascua cotidiana se conjuga con la riqueza y variedad de la oración y de la palabra, con la sinfonía de aspectos del misterio de Cristo que se proclaman y que se oran en la Iglesia y que son como el comentario que jamás se agota del misterio insondable de Cristo.
Feliz espacio de la palabra y de la oración, de la Eucaristía de Cristo y de la vida de la Iglesia, el tiempo ordinario es tiempo del Señor, tiempo fuerte de la perseverancia en el que se profundiza y asimila en el misterio de los cristianos el misterio pascual de Cristo.
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