30 de agosto
XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Verde
Sugerencias para la Celebración
El domingo es siempre «el día de la resurrección». Así lo denominaba Tertuliano, uno de los padres de la Iglesia más antiguos. Como día de la resurrección, nuestra celebración dominical debe estar siempre marcada por la alegría.
Día de fiesta
En la antigüedad estaba prohibido rezar de rodillas un día domingo. Tampoco se permitía ayunar. La celebración se hacía siempre de pie, pues sólo de esa manera se expresa nuestra condición de resucitados. Por eso están de pie los santos que alaban a Dios en la gloria (Ap 7,9). San Basilio escribió:
«Es de pie como hacemos las plegarias, en el primer día de la semana, pero no todos sabemos la razón: no es solamente porque, resucitados con Cristo y debiendo buscar las cosas de arriba, traemos a nuestra memoria en ese día consagrado a la resurrección, estando de pie cuando oramos, la gracia que nos fue dada, sino porque ese día parece de algún modo la imagen del siglo futuro... Es pues por necesidad por lo que la Iglesia educa a sus hijos a hacer de pie sus plegarias, en este día, para que, por el recuerdo continuo de la vida que no ha de terminar, no olvidemos de hacer provisión en vistas de ese viaje...»
Claro, los tiempos han cambiado, y hoy es usual arrodillarse cuando se invoca al Espíritu Santo, en la plegaria eucarística. No está mal. Es signo de que queremos recibir el don del Espíritu. Pero no olvidemos que la actitud espiritual del domingo es la de alegrarnos porque la resurrección de Cristo anticipa la nuestra.
Un Mesías que sufre
Por paradojal que pueda parecer, la escuela de San Mateo nos lleva hoy día a situarnos ante una revelación decisiva. Los discípulos ya vislumbraban que Jesús de Nazaret era realmente el Mesías esperado. Pero ¿qué tipo de Mesías? Las expectativas de los discípulos merecen hoy una importante corrección. No sería un mesías triunfalista, sino uno que «debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día».
Es un cambio de mentalidad de gran calado el que el Señor nos presenta hoy día. Y uno de los factores que tendremos que considerar es el de la renuncia: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo».
A ello nos lleva la celebración de este domingo.
Las renuncias en la celebración
La liturgia es una escuela de renuncia. Cuando somos bautizados, se nos pide renunciar al demonio y todas sus obras; acudir a la santa Misa significa renunciar a otra actividad; el escuchar la Palabra es renunciar a la mía; el dinero que pongo en la colecta es renunciar a lo propio; finalmente ir a la misión es renunciar a guardar el misterio recibido en mi alma para entregarlo a los demás.
Pero todas esas renuncias traen de vuelta la insospechada recompensa del Señor. «Más alegría hay en dar que en recibir», repetían los primeros cristianos y lo escribió el apóstol.
Perder para ganar
En efecto, la renuncia cristiana no es sólo un ejercicio ascético para alcanzar cierta «perfección». Tiene que ver con la lógica divina del compartir. La liturgia es el momento – así lo decía san Agustín y lo recordábamos hace poco- en que Cristo se ofrece al Padre y nos enseña a ofrecernos a nosotros mismos.
En la segunda lectura de este domingo San Pablo dirá que ése es el culto verdadero, el razonable: «ofrecernos como hostias vivas, santas, agradables a Dios» (Cf. Rm 12,1 - 2). Si nuestra celebración olvida este aspecto esencial, se convertirá en cualquier cosa menos en el culto en «espíritu y verdad».
Contemplar la Cruz
Nuestra salvación consiste en sacrificar constantemente nuestro propio yo por amor a Dios y a los demás. Esto no es posible, sin dolor y sin cruz. No debemos olvidar que es ese el modo de alcanzar nuestra plenitud como seres humanos y cristianos. Hay que perder para ganar.
Quizá podríamos lucir con algún adorno especial la Cruz que preside nuestro espacio sagrado, o la misma Cruz procesional con la que iniciamos la celebración. Si es posible, en una comunidad más pequeña el Acto penitencial podría realizarse con una procesión de los fieles hacia ella y santiguarse con agua bendita mientras se canta: «Señor, ten piedad».
¡Bendigamos al Señor!
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Antífona de entrada Cf. Sal 85, 3. 5
Ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día. Tú, Señor, eres bueno e indulgente, rico en misericordia con aquellos que te invocan.
Gloria
ORACIÓN COLECTA
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien perfecto, infunde en nuestros corazones el amor de tu Nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes en nosotros lo que es bueno y lo conserves constantemente. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
La palabra del Señor es para mí oprobio
Lectura del libro de Jeremías 20, 7-9
¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido! Soy motivo de risa todo el día, todos se burlan de mí. Cada vez que hablo, es para gritar, para clamar: “¡Violencia, devastación!” Porque la palabra del Señor es para mí oprobio y afrenta todo el día. Entonces dije: “No lo voy a mencionar, ni hablaré más en su Nombre”. Pero había en mi corazón como un fuego abrasador, encerrado en mis huesos: me esforzaba por contenerlo, pero no podía.
Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL 62, 2-6. 8-9
R. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.
Señor, Tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.
Sí, yo te contemplé en el Santuario para ver tu poder y tu gloria. Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán. R.
Así te bendeciré mientras viva y alzaré mis manos en tu Nombre. Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso, y mi boca te alabará con júbilo en los labios. R.
Veo que has sido mi ayuda y soy feliz a la sombra de tus alas. Mi alma está unida a ti, tu mano me sostiene. R.
Ofrézcanse ustedes mismos como una víctima viva
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 12, 1-2
Hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos como una víctima viva, santa y agradable a Dios: éste es el culto espiritual que deben ofrecer.
No tomen como modelo a este mundo. Por el contrario, transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto.
Palabra de Dios.
ACLAMACIÓN AL EVANGELIO Cf. Ef 1, 17-18
Aleluya. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine nuestros corazones, para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados. Aleluya.
EVANGELIO
El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 16, 21-27
Jesús comenzó a anunciar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar al tercer día.
Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: “Dios no lo permita, Señor, eso no sucederá”.
Pero Él, dándose vuelta, dijo a Pedro: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”.
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.
¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras”.
Palabra del Señor.
Credo
ORACIÓN UNIVERSAL
S. Iluminados por el mensaje del Señor, presentemos las intenciones de la Iglesia y del mundo.
Por la Iglesia universal, para que, fiel al llamado de Cristo, anuncie el Evangelio con valentía, aun en medio de las dificultades, y sea luz y esperanza para el mundo, roguemos al Señor.
Por las autoridades de todas las naciones, para que, iluminadas por la sabiduría de Dios, trabajen por la justicia, la paz y la dignidad de los más necesitados, roguemos al Señor.
Por los que sufren en el cuerpo o en el espíritu, por los enfermos, los perseguidos, los pobres y quienes cargan cruces difíciles, para que encuentren en Cristo consuelo, fortaleza y esperanza, roguemos al Señor.
Por nuestra comunidad, para que renovemos cada día nuestra fe y, siguiendo a Jesús con generosidad, ofrezcamos nuestra vida como una ofrenda agradable a Dios, roguemos al Señor.
S. Acoge, Señor, las intenciones de la Iglesia, pues ella desea renunciar a sí misma para alcanzar la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.
ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS
Te pedimos, Dios nuestro, que esta ofrenda sagrada nos alcance tu bendición salvadora y se cumpla en nosotros lo que celebramos en esta liturgia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO
Antífona de comunión Sal 30, 20a
Qué grande es tu bondad, Señor. Tú la reservas para tus fieles.
O bien: Mt 5,9-10
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos.
ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
Saciados con el pan de la mesa celestial, te suplicamos, Padre, que este alimento de nuestra caridad nos fortalezca y nos impulse a servirte en los hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.